Patricia Tena (Registrado)
El título que ha escogido
Ray Loriga para su nueva novela es apropiado
y sincero. Ya que, sin engaño alguno, nos desvela que se trata de una historia en
la que se habla mucho, pero en la que apenas pasa nada. El hilo argumental es una
especie de patchwork compuesto básicamente por recuerdos, reflexiones y
sentimientos.
El protagonista también es un personaje estático: no sabe amar pero sin embargo
anhela morir de amor. Su soledad forzada contrasta con el espacio donde se desarrolla
toda la acción: en un lugar en el que todo el mundo baila e interactúa, él permanece
quieto y se siente fuera de lugar. Sebastián dedica su tiempo a pensar en el amor,
a intentar averiguar por qué no supo amar y a valorar la posibilidad de aprender
a hacerlo algún día.
El narrador omnisciente nos explicará muchísimos detalles acerca de Sebastián, tantos
que uno tiene la sensación de conocerle de toda la vida. Y ése es quizá, el mayor
handicap de la obra. Siempre resulta agradable sentir cercanos a los
personajes y olvidar que sólo viven en el papel; sin embargo,
considero innecesario dedicar tres cuartas partes de la obra a detallar su personalidad
cuando, ya en las primeras páginas, ha quedado claro su perfil. Esta reiteración
sólo acrecienta el ritmo pausado y repetitivo de la obra.
Loriga tarda demasiado en dar el giro
necesario a su historia: Christian aparece tarde y las continuas reflexiones de
Sebastián provocan una inevitable sensación de déjà vu.
El estilo de
Loriga es bueno, su prosa es excelente y acierta con las metáforas,
pero a grandes rasgos me parece una obra lenta y a la que le falta un poco de contenido.
Menos mal que al menos el narrador sentencia algo muy importante acerca de Sebastián:
“Se sabe muerto ahora, pero no muerto para siempre”. Lástima que
el lector, que tan bien ha llegado a
conocer al personaje, se quede con las ganas de comprobar ese cambio tan necesario.
Patricia Tena
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