Carlos Ferrer
La revista Poesía, en su número 44, ha dedicado un monográfico sin desperdicio sobre la vida y los
hechos de Rimbaud, apoyándose en numerosos manuscritos, dibujos, fotografías, poemas y cartas
de Rimbaud y de sus allegados, algunos de ellos inéditos y otros trasladados al español por vez
primera.
Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud, lector y escritor precoz, cuyas composiciones poéticas escolares
en latín dejaban entrever un talento y una pasión lírica inusitadas, sufrió una férrea disciplina
materna, que, por ejemplo, le reprimió la lectura deLos miserables por impía. En aquellos primeros
pasos, su filiación al romanticismo, a F. Villon y a Baudelaire, a Doré y a Granville, quedaba patente
en sus cartas. Rimbaud se ahogaba en la vida provinciana de la Francia de fines del s XIX y
contenía su malestar en la biblioteca de su ciudad natal, Charleville, la cual espoleaba su deseo de
ser poeta y enriquecía su capacidad literaria. No estamos, pues, ante el poeta irreflexivo, inculto e
inconsciente que la tradición, auspiciándose en el «malditismo», ha intentado transmitir y que las
últimas aproximaciones biográficas han desmentido acertadamente. A su llegada a París, fue Paul
Verlaine, siempre Verlaine, quien le introdujo en los círculos literarios, pero Rimbaud, conocedor de la
tradición, se alejó de esta, ya que «las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas».
Entonces se gestó el mito Rimbaud, el adolescente, el bachiller, el asiduo a las bibliotecas daba
paso al bohemio, al bebedor de absenta, al de la nada y la noche, al de la soledad y el silencio, que
acabó cediendo su postrero aliento ante cirujanos y monjas en un hospital que destilaba a
cloroformo. Este infante sublime, al decir de Verlaine, desertó no sólo de la marina colonial
holandesa, sino del 47º Regimiento de la Armada francesa, conformando su estela de apátrida y de
inquieto viajero empedernido, de ahí su sobrenombre de «el hombre de las suelas de viento». Este
muchacho de 1’77 m. de altura, cara oval, barbilla redonda y ojos azules hasta el extremo se
embarcó en un sinfín de viajes a lo desconocido con tintes de aventura, asqueado de aquel
ambiente juvenil francés, ejerciendo oficios pintorescos y mimetizándose con su entorno y la lengua
del lugar. La peripecia se trocó, en la zona del cuerno del África, en «sinsabores tan vehementes
como absurdos en estos climas atroces», sobre todo en Adén, donde se percata de que «me he
mareado rodando por el mundo sin resultados». Su vida errante entre fatigas y privaciones periclitó
su existencia, pereciendo el 10 de noviembre de 1891 a las 10 horas en el hospital marsellés de La
Concepción.
De Rimbaud han bebido Claudio Rodríguez, la poesía más reciente de Gimferrer, la otredad de Paz,
la ética de L. Mª Panero, Anibal Núñez, Ángel Guinda y tantos otros y es que este excelente
monógrafico muestra quién fue Rimbaud y logra que el lector sea Rimbaud, al menos durante el
tiempo en que se sumerja en su lectura.
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