Joseph B. Macgregor (Registrado)
La principal virtud de Varderi reside en la enorme capacidad para sintetizar los acontecimientos principales, íntimos y personales, de los componentes de una extensa saga familiar catalana, jugando con el tiempo (a base de continuos flashback, que van de atrás a adelante y viceversa), imitando el modo como funciona nuestra memoria, de un modo desordenado y algo anárquico. Esta opción, aunque dota de una mayor agilidad al texto, también me provocó a veces cierta confusión sobre ¿quién era quién? en cada momento de la historia.
Por curiosidad, me dediqué a realizar mientras leía la novela el árbol genealógico de los Ribot-Grau y ciertamente me recordó por extensión al de "Cien años de soledad". Lo que Gabo contó en aproximadamente 500 páginas (en edición de bolsillo), Varderi lo narra en 213 y esto me parece bien, siempre que semejante labor lleve consigo mayor agilidad narrativa y no se pierda profundidad en el dibujo de los personajes. Esto no llega a suceder del todo en esta novela, pero hay algo que a mí como lector me impide identificarme completa y profundamente con lo que se me cuenta. Aunque los momentos centrados en el pasado me interesan un poco más que los que suceden en la actualidad (la vida de Nicolás en Nueva York, por ejemplo) en pocas ocasiones los personajes llegan a interesarme como se merecen, ni ellos ni sus dramas o conflictos personales.
"Viaje de vuelta" me parece una novela (demasiado) triste. Sus personajes dan la impresión de permanecer anclados en el pasado, atrapados en la memoria, siempre nostálgicos de un tiempo pretérito, que parece que para ellos fue siempre mejor, un tanto infelices (¿Y quién lo es?) y sentimentalmente insatisfechos. Ninguna de las cosas citadas anteriormente me parecen defectos del texto en cuestión, pero quizá hayan provocado en mí un efecto de distanciamiento, de no implicación en la historia, impidiéndome inevitablemente la complicidad o la empatía total con lo que se me contaba.
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María Clara Salas
“Hay que dejar en las ciudades algo”, decía nuestra poeta
Luz Machado. Este pensamiento sale al
encuentro porque personas y lecturas se cruzan en inesperadas coincidencias.
Alejandro Varderi (Caracas, 1960)
nos dejó en las librerías de Caracas
Viaje de vuelta.
No quiero compartir cierta estética que de tanto eludir la ética se sonroja ante
cualquier pronunciamiento crítico y cree perder contacto con la belleza. No queremos
ser plásticos, somos alérgicos a cualquier exageración y huimos del detestable mirar
al otro por encima del hombro. Todos, por lo general, somos seres sufrientes, portamos
el “pathos” de la condición humana: el sentir, la simpatía, sabemos que de alguna
manera y en algún momento, el sufrimiento nos toca y nos “compadecemos”, compartimos
en las páginas narrativas del autor, en el poema. Los “autores” nos acompañan, tienden
su experiencia como un mantel en la mesa común de la conciencia. Es de pésimo gusto
dejar a la intemperie el dolor. Con ayuda de la estética alcanzamos, a veces, deshacernos
de él. Lo perfecto, lo divino es el gozo, el placer que cada quien sabe o no sabe
en qué consiste y busca, no importa cuál sea el nombre del dios que se persiga.
Viaje de vuelta posee contención
y maestría en la palabra que habla del dolor, los vacíos, las pérdidas.
La familia se rememora como centro, mito y absurdo. Personajes signados por el trabajo,
fuente de la riqueza, al decir de Adam Smith, ejercen espacios que se conquistan
con esfuerzo. Se huye de las dictaduras que limitan la capacidad de trabajar, pero
se está dispuesto a tolerar las que permiten cumplir con el oficio. Emigrados españoles
celebran los tiempos de Pérez Jiménez “señor bastante normal”, mientras hablan mal
de
Franco porque gracias a su intransigencia abandonaron la muy republicana
Cataluña. Son puntos de referencia que acompañan el caos.
Uno de los personajes principales de la novela o saga familiar de
Varderi, María Eugenia, amiga entrañable
de la infancia, da cuenta de la nueva estética: elegantísima, bella, tiene siempre
a la mano sus afeites, cremas, polvos, hidratantes que bloquean la más mínima arruga.
Lleva en su interior la historia de destrozos irreparables: la violación del padre
y la indiferencia de la madre. La madre ante el ultraje a la hija prefiere hacerse
la loca con tal de no terminar con su matrimonio. ¿Reflexionamos? Cada quien elige
su camino.
¿Qué podemos hacer si con el paso del tiempo nos esperan la locura, el exilio o
la guerra?, ¿cómo justificar el sufrimiento? ¿De qué sirve la denuncia, cuando sólo
pondría en evidencia las heridas que hay que ocultar como sea? Las heridas se curan
con la familia elegida, se dejan en el borde de los vasos preparados para las fiestas,
estrenos, bautizos, bodas que enlazan la comedia o el drama de lo inevitable. Velos,
máscaras contra el infortunio son expuestos a la luz de una prosa que ni mide ni
se exalta. Los gestos de rechazo carecen de virtud. El amor es silencio. La impotencia
nos asalta.
Rutinas familiares no dejan el resplandor esperado. Comer bien, con vinos y guisos
que marquen el paladar para siempre, es el ritual por excelencia, rituales sin efecto
a la espera de alguna epifanía.
Volvemos pero no volvemos, pertenecemos a la zona de los grandes maquillajes. Allí,
al menos, no tenemos que soportar la llegada del odio, del asalto a la vida en pleno
día. El odio, en los países civilizados, se traslada a lugares específicos. No juzgamos.
La duplicidad se instala, esto está bien y lo otro también, por favor nada de realidades,
somos reflejos, imágenes platónicas, fantasmas, lo perdido.
María Clara Salas
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