Joseph B Macgregor (Registrado)
Está claro que es un libro altamente recomendable para todas aquellas personas que deseen vivir en paz y armonía consigo mismas. Y para conseguir tal cosa, que su mensaje llegue al máximo de los lectores posibles, Dominique de Courcelles opta por una narración de carácter iniciático, más cerca de la prosa poética que de la tesis teórico-filosófica, aunque en muchos momentos de la historia se acude o se hace referencia a los místicos más célebres de la historia, citando sus textos como apoyo a las reflexiones de la protagonista del viaje Aunque la excusa argumental se centra en un viaje exterior a la naturaleza, éste lleva aparejado otro recorrido más profundo en el que la narradora desea responder a cuestiones que tienen que ver sobre su propia identidad y sobre su misión en este mundo. Ella siente como algo imprescindible dejar de lado una concepción de la filosofía como pura teoría para dar a esta disciplina un sentido mucho más vital y más amplio, claramente neoplatónico, menos estrecho de miras, en el que las reflexiones o las respuestas le vengan dadas por una experiencia exterior alejada de los dogmas o el racionalismo frío y cuadriculado. El viaje nos ayuda siempre a tomar distancia y apreciar de otro modo los conflictos que día a día nos presente la vida. Pero en el caso de la protagonista del libro este deseo de bucear en sí misma no obedece sólo a una necesidad racional o vital sino que lleva aparejado también un alto componente de misticismo. La religión es considerada aquí como un todo global en el cual Dios y naturaleza son realidades que están íntimamente unidas, complementarias, de tal modo que a través de la armonía perfecta con las cosas podemos llegar a descubrir a Dios y viceversa, sólo a través de la Divinidad podemos apreciar la belleza de lo que nos rodea. Por otro lado, el viaje místico no debe entenderse como un recorrido lineal. Si viaje en este caso es igual a existencia, tampoco conviene tener la percepción de que nuestra vida es un línea recta sino más bien un círculo en movimiento perpetuo que se va reciclando, retroalimentando y que nos permite apreciar la muerte no como un punto final sino como un empezar de nuevo. En consecuencia, el miedo a la muerte es absurdo y no tiene el menor sentido si la vida la percibimos como un continuo fluir, una espiral que nunca termina. Y por eso, es importante no romper ese equilibrio perfecto con el cosmos en el cual las cosas giran y se agitan en constante movimiento.
Las constantes referencias a místicos como Santa Teresa o San Juan de la Cruz a través de fragmentos de sus textos le permiten reforzar todavía aún todas las ideas que pretende trasmitir este libro. Y de hecho la palabra religión desde sus orígenes posee este matiz de comunión espiritual con Dios a través de todas las cosas. Sólo cuando consigamos la unión entre lo espiritual y lo material estaremos en el buen camino para descubrir nuestro Yo interior. ¿Y cómo conseguimos esa armonía? Cambiando nuestra mirada sobre la naturaleza y los elementos que la forman por muy pequeños o insignificantes que nos parezcan. Y ese es el sentido esencial de este libro: ayudarnos a mirar la vida con los ojos adecuados y aportando pautas útiles para conseguirlo, utilizando una fábula amable, sencilla de entender y que motiva constantemente a la reflexión. Joseph B Macgregor
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