Fernando Hugo Rodrigo Blanco
Las sagas familiares que sirven de recorrido por la Historia no son en todas partes iguales. O quizás no sea una cuestión geográfica, y no debamos caer en las dicotomías simplistas de Oriente-Occidente. Tal vez la diferencia proceda de un autor que se empeña en entender un concepto, la vergüenza (sharam). Sin embargo, Rushdie no se retrotrae a estudios antropológicos o etnológicos; su búsqueda es más urgente, más cercana. La realidad de su país y sus particulares creencias vino a asaltarle desde las páginas de un periódico: el aterrador asesinato de una joven pakistaní en Londres, a manos de su padre, para limpiar "la vergüenza" de conocer que había mantenido relaciones con un chico blanco.
Para exponer el concepto tiene que retroceder unos años en su mundo de origen, Pakistán, la religión, la cultura, la sociedad. Nunca reniega, ni abandona su compromiso con el aquí y el ahora, por lo que su opción de no ambientar la historia en mundos lejanos, de aires orientalizantes, de aliento exótico, no es ya sólo es inteligente: es comprometida. Al fin y al cabo, el siglo XVI, según la Hégira (los musulmanes cuentan su calendario desde la que fue la huida de Mahoma a Medina), ocurrió hace bien poco.
Rushdie utiliza elementos, si se quiere, mágicos, pero, como narrador, expone pronto sus cartas (literalmente, ya que autor/narrador se entromete claramente desde un principio, al modo de la literatura posmoderna). Reconoce que no le será posible (no deja que así sea) que el país que inventa sea en absoluto un universo autónomo. Como mucho, será un territorio real ofrecido desde el otro lado del espejo. Por eso puede que la comparación con García Márquez sea sólo parcialmente acertada; cabe preguntarse si al colombiano no acaba por fascinarle en exceso el fondo mítico que puebla las tierras caribeñas.
Además, la magia no se expresa como tal, sino como exageraciones, leyendas, que el narrador escuchó. Por eso, Omar tiene tres madres, aunque se deja bien claro que sólo una lo parió. Su visión inversa al nacer no se nos escapa que se articula más como metáfora del futuro comportamiento del protagonista.
Si Vergüenza resulta una excelente novela es porque ofrece personajes creíbles, humanos, que fascinan: desde las paralelas evoluciones de Bilquis y Rani (mujeres en la sombra de los acontecimientos que luchan por permanecer en ellos) hasta sus cónyuges respectivos. Y todo, desarrollado en un contexto que nos habla de situaciones y temas actuales. Porque es fascinante la capacidad fabuladora de su autor. Porque recupera esa poco común idea de que se puede hablar de grandes cosas de forma imaginativa. Porque nunca olvida el germen de esta historia, esa chica asesinada en el mundo real, y cuya traslación a la novela, Sufiya Zenobia, acumula la vergüenza circundante hasta volverse en un ser tan bello como bestial; una imagen tan apropiada para el mazazo o la llamada de atención, como esencial en los hechos. El autor no olvida que la mejor forma de hacer un discurso es hacerlo honestamente narrativo, coherente con lo que se cuenta. Que no es sino otro modo de decir que se puede expresar y entretener.
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