Jaime Hernández
"Un Siglo de Cenizas" es un libro extraño que mezcla de manera extrema la más abigarrada ironía con la crueldad y, en ocasiones, una evidente falta de mesura.
Se trata de la historia de unos cultivadores de un extraño tabaco llamado "periqueé", que sólo crece en el suelo mineralizado del Mississippi. Stanislaus parece el único superviviente de una tragedia que se inicia ya en las primeras páginas... y es que el autor olvida conscientemente las reglas clásicas de la tragedia clásica: cada página busca la esencia llegando a alcanzar el paroxismo más evidente mientras el autor parece hablar de otra cosa, jugando en cada frase con una metáfora tan literaria como vulgar.
Y es que quizá el mérito de este siglo de cenizas sea precisamente éste: desde las más profundas raíces literarias el autor nos sumerge en una crítica asocial y estilizada de unos hombres que rozan la animalidad como la propia novela. El estilo, tan elaborado como frío, tan teatral como autoconsciente, roza lo evidente y lo mistérico a partes iguales.
El libro sigue los caminos del árbol de la vida cabalístico; un sendero por el que nos llevará hasta sumergirnos en datos y documentación y que nunca olvida el gran secreto que este mismo método de autoconocimiento busca: la verdad del hombre y de su historia, el juego eterno entre el "ser" y el "parecer"... ese gran teatro del mundo en el que todos los personajes parecen estar sumidos.
Permítanme una anécdota personal: apenas tardé tres días en leerlo y, casi al final, le comenté a mi mujer las líneas básicas del argumento. Me miró extrañada y preguntó algo tan sencillo como evidente: "¿y por qué permanecen durante generaciones en una plantación de tabaco? Yo me hubiese marchado".
La simpleza de la pregunta asusta, como también la actitud de los personajes: sumidos en locura y humo, en cenizas y cieno, se obstinan en continuar la tradición familiar que les absorbe tanto como les protege, que les destruye y les deja abandonados. Todos conocen ya el desenlace de la historia -muy inteligentemente sugerido ya antes del propio final- y las cartas que el destino les ha dado: no importa, sólo montan en su caballo y esperan la siguiente cosecha de tabaco mientras saborean un cigarrillo. ¿Por qué no se han marchado todavía? Aún queda la historia que contar y ese sendero por recorrer que no se completará hasta las últimas páginas, hasta que los últimos acordes de la malsana melodía se orquesten.
Porque está completando una obra, porque todos son parte de ese teatro que, a la vez que les destruye, también les da la vida. Porque no existen más allá del texto.
Hubiese sido una bonita respuesta para mi esposa, sí. En cambio, yo también -como los propios personajes de la novela- guardé silencio esperando mi destino.
Jaime Hernández
|