Manel Haro (Registrado)
Si el pájaro vive en libertad, solo pendiente de su vuelo, sin saber que ha nacido
y que debe morir, por qué el ser humano debe ser consciente de tales extremos. El
yo poético se muestra muchas veces en actitud pasiva ante la naturaleza, la creación
se produce por el murmullo del viento o por el vuelo de los pájaros. Hay una constante
necesidad de que el cielo arroje luz sobre las
sombras, aunque el cielo se muestra
muchas veces impasible.
La desorientación, el antitético sentimiento de pertenencia y no pertenencia a este
mundo, hacen que el yo poético ande perdido, errado. Uno puede dominar su propio
tiempo y espacio pero, a la vez, cae en la conciencia de que vida solo hay una:
la vida magnánima de la naturaleza a la que pertenecemos todos los seres vivos.
En ese caso, no somos más que una partícula de una gran esfera.
El juego de antítesis es importante en esta obra poética. No solamente por esa perspectiva
de pertenencia y no pertenencia, sino también por el contraste de luz y oscuridad,
de lo que vuela y lo que permanece en tierra. El título mismo suena antitético:
un pez que va por el jardín. Quizá esa desorientación, quizá la muestra
palpable de que un pez es un ser de agua y fuera de su hábitat se siente ahogado,
perdido. El yo poético es un pez intentando aletear en un jardín. Como
el jardín del Edén, que supuso la desgracia
para el hombre, pero que a la vez fue el punto de partida para la procreación de
nuestra especie en la Tierra.
Este poemario es de esos brutales, que deja sin aliento a cada golpe de verso. Uno
tiene la sensación de que entiende la completa dimensión de la existencia cuando
entiende los sentimientos de este gran poeta. La soledad, la muerte, la vida, la
naturaleza… todo lo que conforman la vida a la que pertenecemos, pero sin olvidar
que la vida misma nos pertenece también a nosotros.
Manel Haro
|