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Mariana de Marca es la juez protagonista de esta novela, cuarta
entrega de una serie con ese personaje principal.
Un cruento asesinato abre la instrucción que la juez pone en marcha. El cadáver
de un hombre aparece brutalmente asesinado en el cobertizo de su vivienda, una destartalada
casa de una urbanización periférica del pueblo en el que se suceden los hechos.
La víctima vivía allí con su mujer y su hija de seis años y, la noche del crimen,
los acompañaba también su suegro. La esposa del fallecido, Covadonga, se describe
como una mujer indefensa, de carácter débil, depresiva, anulada, con tendencia a
automedicarse... De inmediato, su padre se hace responsable de la muerte y explica
por qué ella y la pequeña tenían los camisones llenos de sangre y da la versión
de que actuó en defensa de su hija para acabar con los maltratos que padecía, pese
a que físicamente ella no presentó nunca signos de agresión.
Lo que parece un caso claro, no obstante, da un giro inesperado cuando Covadonga
intenta suicidarse y queda en coma. En ese momento, el padre de la mujer se desdice
de sus palabras, declara que ella fue la asesina y que intentó encubrirla. Mariana
de Marco se toma la instrucción como un tema personal y se implica emocionalmente.
Pide al inspector que lleva el caso que siga investigando porque está convencida
de que hay algo demasiado oscuro en esos hechos.
Por otra parte, los abuelos paternos y el propio abuelo materno parecen olvidar
que su nieta está en casa con una asistenta y poco o nada les preocupa la pequeña.
Ese y otros detalles que se van conociendo, mantiene alerta a la juez, y actúa más
allá de lo que, profesionalmente y de manera teórica, le corresponde.
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