Manel Haro (Registrado)
A Chufo Lloréns le han dicho por activa y por pasiva que su novela
se parece demasiado a
La catedral del mar,
de
Ildefonso Falcones. Él lo niega, dice
que nada tiene que ver lo que ocurre en el siglo XI en Barcelona que lo que ocurre
en el XIV. Lo cierto es que sí hay alguna similitud en cuanto al eje argumental:
en ambas se narra cómo un joven personaje llega siendo un desconocido y, prácticamente
sin recursos, lucha por ser alguien en Barcelona. Ambos son buenas personas, no
discriminan por cuestiones de religión o clase social. Los dos defienden los derechos
de los esclavos e intentan aportar un bien a la ciudad… Aunque Chufo Lloréns
lo niegue, sí hay ciertas similitudes. ¿Significa esto que el autor ha aprovechado
el boom Falcones para vender sus libros? En modo alguno. Cuando
La catedral del mar
salió en librerías, Lloréns ya había agotado varios botes de tinta
escribiendo
Te daré la tierra.
Si bien hay que reconocer esta similitud entre ambas novelas, hay una diferencia
muy clara y remarcable:
Te daré la tierra
sí es una buena novela. Lloréns tiene ya una trayectoria novelística
a pesar de que sea un gran desconocido para muchos. Por ello, en su novela no vemos
errores típicos de los que empiezan en el género histórico: no hay un abuso excesivo
de las descripciones, no hay repeticiones innecesarias y, sobre todo, no hay esa
sensación de aburrimiento propio de los autores que se centran demasiado en el contexto
histórico y descuidan la esencia argumental de la novela. Lloréns
sabe que el contexto sirve para situar la novela, no para reventar el libro con
páginas más propias de un ensayo sobre
cómo se vivía en la Edad Media. Y además
el autor nos avisa al final: me he tomado estas licencias, pero que nadie se me
enfade que lo he hecho por el bien de la narración. Es decir, que esto
es ficción pero de paso a ver si podemos aprovechar la novela para que el lector
se interese por una apasionante etapa de la
historia de Barcelona.
Te daré la tierra es una novela escrita con inteligencia
y cariño. Uno lo nota cuando a medida que lee, siente odio en el estómago cuando
el malo del libro hace de las suyas y cuando tiene que contener las lágrimas en
escenas apasionadas. Es decir, el puro placer de la lectura. Y cuando el lector
acaba la novela, todavía siente que Martí Barbany le es alguien cercano, familiar,
y no un simple
personaje de ficción: algo realmente
difícil.
Manel Haro
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