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Se puede ser musulmán y no ser sufí, pero no se puede ser sufí sin ser musulmán.
El sufismo es el sentimiento más interior de la religión musulmana, es decir, a través de la más absoluta intimidad se intenta llegar a Allah.
Para ello el que practique el sufismo, debe vaciarse, aniquilar su ego para establecerse como cuerpo vacío y poder ser llenado por la inmensidad de su dios Allah. Allah es el ser supremo que todo lo controla, que perdona, que castiga, que llena de vida... Su omnipresencia no debe ser puesta en duda bajo ningún concepto. Se debe vivir a través de Allah, para Allah.
Mahoma es el profeta, el mensajero entre Allah y el hombre. El profeta tuvo la fortuna de poder contactar con su señor cuando practicaba el retiro en una cueva. Fue él quien llevó el mensaje al hombre y es el hombre el que ahora se adentra en un proceso de regreso hacia los orígenes, hacia el ser supremo, absoluto e indiscutible.
Todo ello gracias a unos estados, a unas leyes, a unos esfuerzos, paciencia, humildad... El sufí debe demostrar con el ayuno, con la ausencia de sueño... que es capaz de superar las pruebas que le son impuestas. Además el sufí, el musulmán, debe sufrir, debe padecer: cuanto más padece más es amado por Allah. Porque el amor espiritual debe ir dirigido a Allah. El amor y la pobreza son la clave para llegar a acercarse a su señor. No exige una pobreza exterior, sino una pobreza interior, es decir una necesidad de más, ese vaciarse para ser llenado.
Nunca se llega a un fin, siempre hay que seguir amando a Allah y trabajando para sentirse junto a él.
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