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Irvine Welsh se dio a conocer en todo el mundo por las aventuras
de aquellos simpáticos yonkis escoceses que aparecían en su primera novela
(y después película), “Trainspotting”. Y es precisamente
en ese ambiente juvenil escocés que tan bien debe conocer el autor, donde mejor
se desenvuelve. Porque en este libro abarca distintos registros, personajes y realidades
y es en el último relato, ambientado en un pueblo de Escocia y titulado “El reino de Fife” donde logra los mejores
resultados.
Antes de eso, en Serpientes de cascabel cuenta la anécdota
de unos jóvenes drogados que se quedan tirados con el coche en pleno desierto de
Nevada y el peligro que puede suponer para ellos que unos extraños que pasaban por
allí malinterpreten una postura digamos incómoda. Sus escasas pretensiones
y su humor negro son su mejor baza. Más tarde, en el relato que titula esta colección,
el autor no llega a convencer del todo con una historia de un inglés exiliado en
Canarias que comienza muy ambiciosa y acaba desinflándose quizá por falta de ideas.
De hecho, parece el proyecto inacabado de un relato más largo, que nos habría dado
más información sobre las motivaciones de su protagonista. Más interesante resulta
el siguiente cuento, que parece mezclar la serie “Sexo en Nueva York” con la novela
de intriga, utilizando un estilo cercano a
Raymond Carver. O el cinematográfico
e intrigante “Miss Arizona”, una especie de Sunset Boulevard
diurno y caluroso que cuenta con unos personajes inolvidables, sobre todo el que
da título al relato.
Ninguno de ellos sin embargo supera a “El reino de Fife” el más largo en extensión
y ambición, que dibuja de la manera más redonda a unos
personajes entrañables pese a todo,
y que tiene vocación de novela. Este texto demuestra que
Welsh saca lo mejor de sí mismo en historias
largas de personajes pequeños: un indisciplinado campeón de futbolín y una jinete
fracasada son una suerte de
Romeo y Julieta modernos que parecen
condenados a entenderse en un mundo que no les entiende a ellos. A su alrededor
pululan los habituales personajes satíricos y sin embargo creíbles, la taberna donde
reina el oro negro de las pintas de cerveza negra, las situaciones ridículas y en
el fondo, ese halo de esperanza entre tanta decepción; ese optimismo de unos personajes
que se resisten a seguir perdiendo. Todo barnizado con el sentido del humor (a veces
negrísimo) marca de la casa, tan británico como el fútbol o las borracheras cerveceras.
Por tanto, y pese a los “experimentos”,
Welsh mantiene su estilo característico
y no decepcionará a sus fans de siempre. Quienes no lo conozcan, lo leerán entre
la sorpresa y la carcajada.
Jorge Borondo
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