Joseph B. Macgregor (Registrado)
Satori en París intenta ser una suerte de crónica “paleta”
y gamberra de un breve viaje a Francia, narrada en primera persona por un escritor
yanqui bastante garrulo también llamado
Jack Kerouac. Pero aunque sea el propio
Kerouac quien se refiera a sí mismo de ese modo, lo cierto es que su garrulismo
parece más una pose que otra cosa. A lo largo de la narración son bastante frecuentes
los momentos en los que el escritor demuestra poseer un enorme bagaje cultural,
manifestado principalmente en la gran cantidad de autores, novelas, personajes literarios,
ensayos… a los que hace referencia.
Aunque en los primeros capítulos
Kerouac nos cuenta cómo la idea de escribir
sobre su viaje nació a raíz de un "Satori" (es decir, a una suerte de impulso repentino
inspirado por el recuerdo de un taxista) esto se queda finalmente en una mera anécdota
que no parece tener demasiada relación con los acontecimientos descritos por el
autor en capítulos posteriores. De hecho, no vuelve a sacar el tema hasta la última
página y sin profundizar demasiado, por cumplir con el personal y punto. Por lo
tanto el presunto alumbramiento interior se me antoja como una excusa más
bien caprichosa y, por qué no, algo irónica, más que nada porque el viaje no parece
servirle a
Kerouac de mucho, (es decir, que no tiene nada de iniciático) ni
parece que el autor extraiga ninguna enseñanza del mismo. Es cierto que su búsqueda
tiene un sentido y una finalidad: él intenta encontrar su identidad a través del
reencuentro con sus propias raíces, pero al final parece que incluso
esto le da bastante igual, sobre todo cuando comprende que se trata de una tarea
tan imposible como inútil.
Tampoco se nos regalan descripciones detalladas de los escenarios en los cuales
transcurre la acción: aeropuertos, estaciones de tren, pequeñas localidades, ciudades,
cafés, bibliotecas… sino que están ahí sin más. Para bien o para mal, esta novela
no tiene nada que ver con cualquier otro libro de viajes que hayan leído anteriormente.
Satori en París, por lo tanto, la viví en todo momento
como una colección de “aventuras” de un turista norteamericano en Francia, algo
divertidas en ocasiones pero bastante intrascendentes también y sin demasiado trasfondo
ni doble lectura. No cabe duda que todo esto puede ser interpretado como una marca
de estilo del autor pero confieso que la mayor parte de las peripecias de
Kerouac no consiguieron trasmitirme
casi nada.
Sin embargo, el gusto por su parte de caricaturizar a los diversos
personajes con los que se va topando
a lo largo de su singladura sí que me resultó de lo más estimulante y me regaló
momentos realmente divertidos y geniales.
Enlazando inmediatamente con lo anterior me motivó también mucho el hecho de que
la mayor parte de los sucesos que protagoniza están íntimamente ligados a sus episodios
de embriaguez profunda. El mejor momento, en ese sentido, se produce cuando entra
en la casa de una familia francesa que lleva el mismo nombre que su madre (Lebris)
y con la excusa de consultar su árbol genealógico da buena cuenta de una botella
de coñac. Pero su alcoholismo no tiene nada de poético, dramático o sórdido, sino
que más bien es su estado natural y con esa misma naturalidad se aborda a lo largo
de la narración. Su garrulismo viene provocado más bien, pienso yo, por
ese permanente estado de embriaguez que por que sea un paleto integral, que más
bien no.
Pero lo que sin duda más me estimuló fue la posibilidad del viaje ficticio.
Pienso que
Kerouac efectivamente viajó a Francia pero tengo la impresión de
que la mayor parte de las cosas que cuenta no sucedieron así exactamente, que las
conversaciones que mantuvo con los lugareños seguro que no se desarrollaron tal
y como las describe en el libro y que los
personajes con los que se encuentra
están descritos de manera distorsionada o muy exagerada; todo ello con total intencionalidad.
A partir del viaje real
Jack Kerouac inventa el viaje ficticio,
una divertida auto-ficción cuyo principal placer debemos encontrarlo en el modo
en como está contada la historia y no tanto en el contenido, que pienso no tiene
demasiado. De todos modos, hasta en eso hay excepciones:
“Da igual lo enriquecedores que lleguen a ser el arte y la cultura porque sin compasión
no sirven para nada. Toda la hermosura de los tapices, los paisajes, la gente: no
valen nada si no hay compasión. Los poetas del intelecto son mera decoración si
carecen de gentileza y caridad”
Amén.
Joseph B Macgregor
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