
Heinrich von Kleist
(Frankfurt, 1777-Potsdam, 1811) fue un poeta y dramaturgo germánico; nacido en una familia de tradición militar, estudiante de leyes y filosofía, se interesó por la obra de los grandes filósofos contemporáneos, como Kant, aunque luego osciló hacia un pensamiento más débil, como el de Rousseau, lo que le llevó a abandonar sus estudios en Frankfurt y viajar a Suiza y Francia. Entró en el ejército prusiano en 1792, participando en diversas acciones bélicas contra las tropas de Napoleón. Fue hecho prisionero y retenido durante unos meses en el Castillo de Joux, en el departamente francés del Doubs. Una vez liberado, vivió en Dresde, donde se dedicó a la literatura, escribiendo varias obras dramáticas y comedias. La inspiración de toda su obra era la búsqueda del Absoluto, sus temas y preocupaciones vitales eran el intento de conciliar el destino y la individualidad, la emoción y la razón, y la idea de que todo conocimiento es ilusorio.
De vuelta a Berlín, ingresó en el círculo romántico de Arnim, Fouqué y Brentano, editando la revista Berliner Abendlätter, manifestándose siempre como un resistente anti napoleónico, y desarrollando el ideario nacionalista alemán propio del siglo XIX. Su obra se considera a caballo entre el clasicismo y el romanticismo. Acabó con su vida, a la manera romántica, suicidándose a orillas del lago Wannsee, en Potsdam, junto a su amante Adolfine Vogel, enferma de cáncer. Se dispararon una pistola mutuamente. La obrita que reseñamos aquí, en la línea becqueriana de El Miserere, por ejemplo, o la Noche de ánimas, es un cuento, una leyenda sobre una intervención milagrosa de Santa Cecilia, patrona de la música, ante el intento de agresión, por parte de un grupo de protestantes, a una comunidad de monjas católicas en un acto solemne en la catedral de Aquisgrán. A parecer, la Santa tomó el cuerpo y la forma de una de las monjas, que a la sazón se encontraba muy enferma, para interpretar y dirigir el Gloria in Excelsis, durante cuya solemne interpretación, los agresores se sintieron traspuestos y transformados, cayendo en un estado de postración e iluminación religiosa que les hizo cantar a diario el Gloria hasta el fin de sus días, y dedicarse a la oración, recluidos en un manicomio, ya que fueron considerados dementes.
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