Santi37
Y nada menos. Tengo la convicción de que cuanto más "sencilla" es una novela, más trabajo lleva detrás. Su autora empleó, según su propio testimonio, ocho años en completar estas retahílas, y sin embargo, cuando lees el libro, te parece tan fresco y tan "recién hecho", que jurarías que lo único que tuvo que hacer su autora es sentarse en el salón del pazo de Louredo con una grabadora.
Tal es la sensación de verosimilitud que se cuela en cada una de las páginas de esta extraordinaria novela: sin artificios a la vista, sin trucos de estilo, sin nada más que sabiduría (jeje, qué poca cosa) para elegir cómo, cuándo y dónde poner la palabra más exacta, los puntos y comas (o NO PONERLOS, que para eso también hace falta muchísimo talento), se van entrelazando los largos monólogos de tía y sobrino para que el lector se entere, como un invitado más al velatorio, de los entresijos de la familia y sus peculiaridades.
Me descubro ante el talentazo de esta escritora modesta, que nunca se dio aires de nada, y que no morirá nunca, aunque ya lleve cuatro años bajo tierra.
Para aquellos curiosos del alma humana, imprescindible.
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