Albert Roca Enrich
Hace unos años, menos de los que pensaba, leí “Rayuela” y quedé profundamente impresionado, y eso que no había entendido tantas cosas... pero ¡cómo me hechizaba el lenguaje, cómo me maravillaba el estilo, cómo me revolvía el estómago parte de la trama!
De esta forma, ya entonces tuve claro que tenía que releer la novela de Julio Cortázar, y que cuando llegara la ocasión lo haría digamos que a la manera convencional, que es una de las opciones que nos propone el escritor al principio del texto -la otra consiste en pasar del primer capítulo al que nos indique el autor al final del mismo, a uno de los capítulos que el propio Cortázar califica de 'prescindibles'; de éste a otro, y así sucesivamente-. Y eso acabo de hacer.
¿Lo he entendido todo esta vez? No, ni falta que hace -por lo menos, eso mismo entienden no pocos poetas, entre ellos Cortázar, que en un pasaje de “Rayuela” critica esa manía que tiene tanta gente de entenderlo todo-. ¿Quiere esto decir que es una novela difícil? Pues diría que sí, que por mucho que el escritor aluda a otros escritores -entre ellos, Víctor Hugo-, cite diferentes obras literarias -entre ellas, “Nuestra Señora de París”- y mencione mi aria favorita -“Mon coeur s’ouvre a ta voix”, de Sansón y Dalila-, hay momentos en que lo mandarías al Sena, pero yo os invitaría a dejaros arrastrar por él hasta el fondo del río, en la noche de París, y confiar en que el propio autor os saque a flote al rato... a primera hora de la mañana en Buenos Aires. Yo lo hice y... Allá, el día fue clareando, clareando, y curiosamente, por fin lo vi todo claro cuando llegó la última noche -o al menos eso creo-. ¡Y ojo, que a partir de aquí lo cuento (casi) todo!
En París, Horacio Oliveira es un individuo desamparado que se busca a sí mismo, o al hombre que espera llegar a ser algún día, o quién sabe qué, y que procura esquivar la soledad en reuniones con personas, la mayoría también extranjeras, con quienes comparte la pasión por el jazz y otras expresiones artísticas, el alcohol, las discusiones patafísicas, la pedantería, la megalomanía y el desprecio por los seres inferiores, como La Maga.
Sin embargo, todos toleran a La Maga como mascota exótica y graciosa; Gregorovius va loco por tirársela, como hace Oliveira; y el propio Horacio se ve obligado a admitir que pese a la incultura de la 'gata' y sus otros muchos defectos, esa mujer felina no sólo acaba poniéndole celoso, sino que desde el primer día le da algunas lecciones, le muestra el mundo con otros ojos, le sorprende, le divierte, le enternece... Y ¡ay!, eso es lo último que le tendría que haber pasado.
La Maga le propone compartir piso por una pura cuestión práctica, porque a ninguno les sobran los francos, Oliveira acepta... y se ahoga en el miedo a lo convencional, a lo cotidiano, al compromiso, a la convivencia, a la rutin a... Y eso que ella da y no parece pedir nada a cambio, pero Horacio -egoísta, orgulloso, fatuo- se empeña en no darse por vencido, y provoca la ruptura, una ruptura a la que él mismo se resiste... hasta que un tristísimo episodio -que no cuento para no chafaros la guitarra- lo precipita al vacío.
Perdida La Maga; a punto de convertirse en un 'clochard', en un mendigo más; harto del desamparo, de la soledad, de las reuniones con el club de pedantes, de París y de la fría lluvia, y de buscar quién sabe qué, Oliveira renuncia al 'sueño' europeo y vuelve a la patria, esto es a Argentina, a Buenos Aires, al barrio, al sol abrasador, al único amigo verdadero, a la mujer que lo espera sin un reproche...
Allá, Oliveira parece relajarse, pero el silencio sobre su experiencia en París y la fatal atracción que lo va acercando a Talita y lo va alejando de su marido y único amigo verdadero de Horacio, Traveler, hace prever lo peor. Y lo peor llega como un fogonazo que, co mo ya he dicho, echa luz sobre toda la novela, como ocurre por ejemplo en “La señora Dalloway” de Virgina Woolf o en “Ferdydurke” de Witold Gombrowicz.
Oliveira, Talita y Traveler han entrado a trabajar en un manicomio. Horacio hace guardia una noche, y cree ver a La Maga en el patio, jugando a la rayuela, pero es Talita, que se parece a La Maga. Talita sube a ver a Oliveira -Traveler duerme- y él, tras mostrarle a La Maga sus miedos, trata de ahuyentarlos. Talita comprende que Oliveira encontró en La Maga a la mujer de su vida y no supo verlo en su momento, que la echa de menos ahora que la ha perdido, que se siente culpable por todo lo que ocurrió y no ocurrió entre ellos -Horacio parece creer, o querer creer, que La Maga se tiró al Sena, y siente lástima por él. Oliveria siente ese sentimiento piadoso, descubre por fin qué era lo que buscaba en París -esto es, a la mujer de su vida- y comprende además que era La Maga y no supo verlo en su momento. Oliveira besa a Talita, pero Talita sabe que en realidad Oliveira está besando a La Maga.
Preocupada, Talita le cuenta a Traveler. Mientras, Oliveira prepara su defensa, por si el amigo acude a pedirle cuentas. Traveler acude y entonces Cortázar nos revela que no sólo los dos hombres son casi como dos gotas de agua, sino que puede ser que todo sea fruto de la imaginación de Oliveira, que Oliveira tanto puede estar envidiando a Traveler y Talita por ser cómo son y por su relación -aunque no quiera su rutina, su resignación, su conformismo con la mierda de mundo que nos ha tocado vivir-, como mirándose en un espejo deformante, que le muestra lo que pudo haber sido de él y La Maga y ya nunca será.
Traveler y compañía, por su parte, descubren que Oliveira parece haberse vuelto loco, o como mínimo tener una crisis de ansiedad, y temen que vaya a hacer alguna tontería, pero por fin Oliveira descubre a su vez cuánta poesía puede haber en la amistad verdadera y en el amor verdadero, por convencional, rutinario y resignado que éste pueda ser, y ya sólo imagina qué bonito sería suicidarse precisamente en ese momento, para terminar la vida con un bello recuerdo.
En fin, ésta es mi interpretación de “Rayuela”. Y si a algun@ le parece mal, le ofrezco, como Cortázar, dos opciones: puede escribir ahora la suya, o imprimir esta pavada, hacer una pelota de papel, tirarla a la papelera y plof, se acabó.
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