Fernando Martínez Gimeno (Registrado)
Una de las cosas que más valoro últimamente en las lecturas que hago es que me rompan los esquemas que en mayor o menor medida tengo o tenemos establecidos los lectores en nuestras mentes. Que salten por los aires las ideas establecidas que se tienen cuando se acomete una historia escrita. Y Punto de fisión lo hace. Ha llegado un momento en su trama que me ha parecido estar leyendo otra novela diferente a la que había empezado. Pero no, al mirar la portada seguía siendo la que había en un principio y seguía dentro de sus líneas. No sé si la figura de las muñecas rusas, las matrioskas, o de las cajas chinas, podría definir de una manera más visual lo que encierra la trama contenida en Punto de fisión. Se nos presenta una historia y esta se va abriendo en otras más pequeñas, que se van desarrollando a lo largo de la novela, y es al final, cuando de nuevo se vuelven a reunir todas y cerramos la caja grande. Todo encaja, todo confluye de una manera simple y a la vez directa. Los personajes que pueblan las diferentes subtramas son cuanto menos curiosos. Desde un niño superviviente de la catástrofe de Chernobyl, pasando por un editor que tiene gatillazos tanto con la mujeres como con las ediciones de libros, también leeremos la carrera literaria de Leo Zubiri, que tras recibir el impacto de un rayo, empezará a escribir novelas con argumentos bastante extraños, ya que sacará las tramas y los personajes de la vida misma o de la revista Playboy y un policía poeta, de apellido Rodríguez, que será el encargado de ir tras los pasos de un chulesco grupo terrorista. Todos juntos crean esta novela y todos juntos cohabitan en ella. Con una ironía hacia el mundo editorial, hacia la sociedad misma que hace que los diálogos en algunos de los momentos sean mordaces, o te dejen con ganas de seguir sabiendo de la vida de Sergei, de Matas o de cualquiera de los personajes secundarios que les ayudan a montar todo el entramado en la novela. Fascinantes algunos de ellos, como Julia, la ayudante editorial que lleva tatuadas varias frases en diversas partes del cuerpo o el amigo inválido de Matas, crítico de películas porno. Sí es cierto que a la hora de ir enlazando una caja con otra, he tenido momentos de tener que releer el párrafo para poder entender por dónde nos quería llevar el autor, pero no porque fuese lioso ese trozo, sino por la sorpresa que nos ofrece y debes digerir. También me ha parecido excelente una de las tramas principales, las que nos va contando cómo es la vida de Sergei, un muchacho que vive en los alrededores de Chernobyl y cómo cambia su día a día tras el accidente nuclear. Está escrito en cursiva, y se nos hace participe de sus aventuras para sobrevivir. Novela valiente, situaciones estrambóticas pero coherentes en su desarrollo, personajes con carisma, diálogos consecuentes y sobre todo, un desafío al lector, que deberá leer entre líneas qué nos está queriendo decir el autor. Y hoy en día, donde es tanta la oferta editorial que nos apabulla y es difícil encontrar algo novedoso, algo que nos resulte fresco y original a la hora de enfrentarnos a él, debo agradecer a autores como David o editoriales como Algaida o premios como este de Logroño de novela, que se arriesguen a escribir, publicar o premiar historias como la ofrecida en este libro. Gracias de parte de un lector amante de los desafíos literarios.
Fernando Martínez Gimeno
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