Alumno (Registrado)
No digas que estás solo es una novela que atrapa al
lector desde las primeras frases: “El viejo Eusebio sospechaba que no era el único
habitante del pueblo. Por eso, la tarde en que él también se disponía a abandonar
Catela sintió que lo dejaba en manos de aquél (quienquiera que fuese aquél). Pero,
¿qué podía hacer? Aunque amaba su aldea de las montañas de Huesca, ya no aguantaba
tanta soledad”.
Consiguiendo aumentar la intriga página a página, capítulo a capítulo, la novela
se sostiene con una irreprochable perfección formal, que comprende tanto la estructura
del argumento, como el tratamiento de los diálogos y la selección de las escenas.
No digas que estás solo fluye con un ritmo elegante
y sosegado que, sin prescindir de momentos de gran intensidad — la persecución del
viejo Eusebio en el primer capítulo; la desaparición de Menchu; el descubrimiento
del maniquí; la huida por la nieve; la lucha sobre el acantilado — basa su eficacia
en la sugerencia de una atmósfera inquietante y en la creación y aumento progresivo
del suspense.
El desenlace cumple con los dos requisitos que agradece
el lector y exige la calidad literaria:
es tan necesario como imprevisible. El pasado regresa para dar sentido al presente
y unir sensibilidades a las que el tiempo ha separado, pero la vida ha unido. Por
eso mismo, los
personajes se sienten vinculados con
la vida del adolescente, cruelmente asesinado en Cotela. No sólo se sienten conmovidos
por su historia y por su sed de vida, sino también acompañados por él. También el
lector.
En No digas que estás solo, todos
los sentidos tienen que estar bien vivos para no perderse ningún detalle y poder
disfrutar plenamente de una experiencia de entretenimiento inteligente y complejo.
Al final, todas las piezas encajarán, y el lector se quedará satisfecho mirando
hacia dentro. Hacia donde apunta la tesis de la novela.
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