
Roberto Esteban, el protagonista de la historia, regresa al barrio madrileño de San Blas, en el que transcurrió su infancia, con el objeto de cuidar a su madre viuda tras una operación de varices. Toda su familia la constituye esa madre y una tía (arpía y detestable, hermana de su padre). Tras unos años marcados por el boxeo y luego dedicados a trabajos como matón, Roberto rememora, nada más pisar las antiguas calles del barrio, una infancia centrada en los últimos años de Dictadura y los primeros de Democracia… Un viejo callejón en el que todavía se ve la “mano negra”… ¿Leyenda urbana?, amigos como “Richi”, el “Chapas” o el “Jeringuilla”, matones y amores imposibles en la adolescencia (la bellísima Lola…) Todo se conjuga en su mente para hacerle revivir entrañables recuerdos, en los que no faltan curas rojos, el sacerdote Osorio y, sobre todo, Gema, una niña minusválida que cantaba junto al callejón, sentada en un balcón del que pendían sus piernas muertas y a la que los chavales (medio en chanza y medio con un sentimiento de sensibilidad, apodaron “la sirena” cuando vieron cómo se desenvolvía en el agua del pabellón deportivo “de barrio”).
La muerte de Gema jamás quedó clara en la mente de Roberto, y en esos momentos, al recorrer las antiguas calles, todo se agita en su interior mientras contacta con algunos antiguos compadres, intima con Lola y se ve inmerso en una vorágine en la que no faltan los intereses creados (se especula con la candidatura de Madrid para los Juegos olímpicos y unos terrenos).
La candidatura olímpica se pierde y, a partir de ahí, TODO parece desmoronarse.
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