Fernando Hugo Rodrigo
Deben ser al menos cien títulos los de Simenon con su personaje Maigret; escoger uno no aseguraba la introducción más apropiada. De hecho, antes que este ejemplar, leí otro. Éste me ha convencido más. El libro es corto, nada que ver con la tendencia del best-seller de abultar cada volumen. El estilo es escueto, en tercera persona, con reflexiones escasas y, tal vez, por ello, efectivas, con atención al detalle. A diferencia de otros personajes detectives-investigadores, Maigret lleva su investigación bajo un tono de rutina, que no rutinario. Nada se apresura. Todo tiene un tono de normalidad, de naturalidad. Maigret vuelve a su casa, cena, duerme, vuelve a la comisaría, pasea, acude más de una vez al mismo sitio a hablar con los personajes, ... Hay mucho diálogo; Maigret parece más interesado en conocer a las personas, que en interrogarlas.
Aquí no se van a encontrar los detalles usuales de investigaciones policiales o forenses. Sin embargo, Maigret tampoco trasluce excesivamente sus conclusiones morales. El lector puede sentir la pobredumbre de las vidas a las que el inspector tiene acceso (la falsa condesa, los que fueron sus criados, las compañeras de Arlette), porque no se transmite énfasis alguno en posibles juicios.
Llama la atención que Maigret no responda a los esquemas políticamente correctos. Tiene sus prejuicios (particularmente contra un personaje homosexual), y la policía en sí también se retrata en algunas actitudes cuando menos cuestionables. Claro que todo se sigue en ese estilo de gran naturalidad, el mismo que hace, por ejemplo, que los dueños del local de streap-tease aparezcan como unos parroquianos más. Todos tenemos secretos, al fin y al cabo.
Se agradece (no sé si es habitual en los libros con Maigret de protagonista) que, hacia el tercio final, crece el suspense. Cierto giro inesperado hace que el que ya iba siendo un personaje misterioso y a temer, Oscar, aporte un mayor grado de intensidad.
|