Manuel Márquez (Registrado)
Una novela en la que cobra especial relevancia la perspectiva del narrador, rol que asume el personaje que, por otro lado, protagoniza y centra la novela: una figura secundaria, desde el punto de vista de su importancia y peso objetivos dentro de la línea “política” de la trama, pero que, como testigo privilegiado de los hechos que centran la misma, se erige en vehículo sobre el que Le Carré articula su relato. Y lo hace, además, adoptando un tono muy sui géneris, entre lo ingenuo y lo irónico, muy logrado –salvo algún pasaje puntual en que a Le Carré se le va la mano, víctima de un exceso de pretensiones ingeniosas-, y gracias al cual el novelista consigue que su crítica de fondo, demoledora y generalizada (cobra aquí todo su sentido la tópica expresión de no dejar títere con cabeza: los políticos y oligarcas occidentales quedan retratados en toda su podredumbre moral, pero tampoco salen nada bien parados los líderes del mundo africano), no sea agria ni abstrusa.
También constituye un acierto indudable la trabazón entre las dos líneas básicas de la trama –política y sentimental-, cuya urdimbre se despliega con naturalidad y fluidez, en una clara demostración de la pericia técnica del autor, fruto, sin duda alguna, de su prolongada experiencia. Perfectamente equilibrado el peso de los dos componentes, su alternancia a lo largo del desarrollo narrativo va dando pie a un entrelazado paulatino que dota a la novela de uno de sus mayores atractivos.
En definitiva, esta última entrega de Le Carré se erige en una magnífica opción de literatura de entretenimiento (y, evidentemente, al igual que lo fueron sus predecesoras, en semilla de una futura adaptación cinematográfica que puede dar un excelente fruto comercial, dado el interés de su temática y planteamiento); es posible que no se trate de alta literatura, pero no siempre es necesario moverse en tales territorios para disfrutar de un material digno a la par que interesante.
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