Carlos Ferrer
Enrique Lenza (Madrid 1928) se inició en el arte de Talía en el TEU, cuna escénica durante el
franquismo, como director y como actor, siendo su eclosión como autor tardía, al datarse su primera
obra en 1985 (La voz de ayer perdida). Lenza conserva un gran número de obras inéditas en su
haber y aquellas, que han visto la luz de la imprenta, lo han hecho en la editorial teatral La Avispa,
cuya colección suele caracterizarse por sus erratas, que empañan los textos que contienen, por
muy valiosos que sean, como es este el caso.
Esta La amarga soledad es un retrato de época con tintes nostálgicos, un fresco teatral de
la vida y costumbres de la escena en los inicios del s. XX, apoyándose en anécdotas y pasajes de
la vida de ambos personajes y manifestando el sentir y el latir teatral de cada una de ellas («hacer
un teatro donde la verdad anulara la ficción», dice M. Xirgu). En esta postrera obra dramática de
Lenza, se nos muestran las convulsiones políticas de la época vinculadas al hecho escénico, el inicio
teatral de Lorca o Alberti, las noches de estreno, la figura de los hermanos Álvarez Quintero, el
prestigio y las ovaciones que suenan y resuenan evocadas por sus dos protagonistas, exentas de la
amarga soledad del olvido, ya que, como dice María Guerrero, «de un cómico muerto no queda
nada». El calor del público mantuvo a las dos actrices en la memoria colectiva y autores como
Lenza las perpetuan en ella. Tras Isidoro Máiquez o el eterno silencio del olvido (1992), Lenza
insiste en dar protagonismo, a modo de homenaje, a iconos teatrales que han marcado un hito en la
historia de la escena española.
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