Pilar Alonso (Registrado)
Supongo que a muchos de nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, nos habría gustado eliminar algunos recuerdos dolorosos, tristes o denigrantes y sustituirlos por otros más dulces y alegres. Desde ese punto de vista, el protagonista de la novela entiende su enfermedad como una liberación. Y, por otro lado, como una maldición, porque también desaparecen los recuerdos hermosos, que en su caso son muchos menos. Creo que esta frase de la novela ilustra muy bien la opinión de su protagonista, aunque no la diga él: “No todos tienen la suerte de que Korsakov les afecte”.
Mientras su memoria se va vaciando, lo que más tarda en desaparecer, lo que parece más arraigado, es su abuelo Fosco Signorelli y sus aventuras en Túnez. Todo lo que está ligado a ese personaje se convierte en el ancla de su lucidez y vemos a un niño extasiado mientras el hombre le relata la época inmediatamente anterior a la independencia de Túnez y cómo afectó eso a sus vidas, en unas páginas de historia en una novela cargada de desmemoria.
Por primera vez François siente que pertenece a algún sitio y adopta a esa familia y a esos recuerdos como si fuesen propios. La ternura que logra transmitir el personaje es brutal, sus ansias de formar parte de algo, de no ser un “niño de la noche” nunca más. Se adhiere a cualquiera que le dé un poco de cariño, siempre con el miedo de perderlo en cualquier momento y esa vulnerabilidad no hace sino acrecentar el sentimiento que despierta en el lector.
Abandonado por su padre antes de nacer, la novela también es la búsqueda de sus verdaderas raíces, y el desgarro entre lo que es y lo que querría ser, entre la realidad y sus sueños.
La prosa es de una belleza en ocasiones sobrecogedora, con frases que son como un pellizco en el corazón. Es una preciosa historia muy bien escrita, una verdadera delicia.
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