Joseph B. Macgregor (Registrado)
“In
Vino Veritas” fue publicado en abril de 1845 formando
parte de Etapas en el camino de la vida. Estudios de diversas personas.
Está formado por tres obras. La primera de ellas, es In vino veritas,
firmada bajo el seudónimo de William Afham y en que resumidas cuentas vendría a
ser una apología de la soltería. La segunda, Palabras sobre el matrimonio
en respuesta a las objeciones, escrita presuntamente por un autor
anónimo que glosa los beneficios de estar casado y que funciona como respuesta a
las conclusiones de la obra anterior. En la tercera ¿Culpable? ¿No culpable?
Una historia de sufrimiento de nuevo Kierkegaard se oculta bajo
un seudónimo: Frater Taciturnus.
La obra se divide a su vez en dos partes, en la primera a través de un diario íntimo
y personal Frater Taciturnus analiza la ruptura de un compromiso matrimonial de
dos jóvenes prometidos. En la segunda "La carta del hermano Taciturno a un lector",
Taciturnus opta por la narración epistolar para realizar un reflexión sobre el amor
desgraciado que sufren los dos jóvenes tras el rompimiento del compromiso. Estas
tres partes han sido publicadas formando parte de un solo libro o bien en obras
individuales, cómo en el caso que nos ocupa.
En definitiva, Kierkegaard va describiendo paso por paso
a través de estas tres ensayos los tres formas de vida a las que, en su opinión,
el hombre cómo ser libre puede optar.
Kierkegaard prefiere llamarlos “estadios”
y efectivamente serían tres: el estadio estético, el ético y el religioso. El estadio
estético, representado por la figura del Don Juan representa al sujeto hedonista
al que sólo le importa vivir el presente y sin compromisos que le aten o le impidan
gozar la vida al momento. Sin embargo, los que optan por vivir en el estadio ético
se atienen a las normas, son personas comprometidas y con un alto sentido del deber,
siendo el matrimonio el estado ideal en el que el hombre cumple su deber con la
sociedad. Por último, el estadio religioso se consigue a través de la fe en Dios
y es, según piensa Kierkegaard, el único que da sentido real
a la existencia humana.
De este modo, en la obra que nos ocupa,
In Vino Veritas,
los convidados al banquete son todos representantes, en mayor o menor medida del
estadio estético. En sus discursos, sólo el hombre joven habla un poco sobre el
amor. Las afirmaciones del resto de invitados vienen a decir, y siempre bajo los
efectos del vino, lo bien que se está soltero, ya que no tienen compromiso con nadie,
pueden hacer lo que les apetezca, amar a cuantas mujeres quieran y disfrutar la
vida al máximo. Estando comprometidos con una mujer o casados, se acabó para ellos
la buena vida.
De igual modo, la estética está presente tanto en el cuidado que ponen en preparar
los detalles del banquete, el fondo musical que utilizan para amenizar la velada
(El Don Juan de Mozart), la preocupación por ir a la moda, bien vestidos, etc y
el propio planteamiento del debate: el vino estimula la mente y es capaz de provocar
un discurso libre de perjuicios. Por eso, aunque el tema central de la discusión
es el amor al final terminan hablando de mujeres y de cómo elegir sólo a una les
impide disfrutar de los placeres de la vida. De hecho, al principio de la obra una
de las reglas que deben cumplir los convidados es no traer mujeres ya que tal cosa
no resulta compatible con el disfrute de una buena mesa y el goce del vino. Por
tanto, cabría preguntarse ¿Es
In Vino Veritas
una apología de la misoginia? O más concretamente ¿era
Kierkegaard un hombre misógino?, cuestiones
que son un poco difíciles de responder.
Kierkegaard opta, como es habitual en él, por desarrollar su ensayo
utilizando el método de comunicación indirecta, oculto bajo el seudónimo de William Afham. De este modo, intentaba
que sus lectores no le identificaran con ninguno de los personajes del banquete
ni con las ideas que éstos exponen. Como me sucedió con “La repetición”
este aspecto me gusta bastante ya que no tengo la impresión de estar leyendo un
sesudo ensayo filosófico sino una novela, muy entretenida además y que no resulta
para nada inaccesible sino muy fácil de entender.
Pero este sistema de exponer las cosas también tiene sus desventajas ya que nos
impide saber a ciencia exacta si la obra es una crítica o una apología de la misoginia.
Tampoco llegamos a saber del todo con cuáles de las afirmaciones claramente machistas
de los convidados se identifica el autor. Desde mi punto de vista, estas declaraciones
pertenecen únicamente a sus personajes y no le pertenecen en absoluto. Teóricamente,
Kierkegaard no parece simpatizar demasiado con los estetas. Digamos
que representan todo lo que detesta del ser humano, así que pienso que esas opiniones
negativas sobre la mujer no eran compartidas por el filósofo, aunque ideas como
las que señalé anteriormente sobre la prohibición de que las mujeres asistieran
a banquetes siguen presentes en la sociedad actual, no son propias únicamente del
siglo XIX. Todavía existe el típico “Manolo” que se marcha de casa, dejando a su
mujer sola, para irse con los amigos al bar, en dónde efectivamente está mal visto
que entren mujeres.
Y es que
Kierkegaard buscaba conseguir con este método de comunicación indirecta
que sus obras fueran consideradas un ensayo teórico en el que exponer sus teorías,
sino más bien que para él eran una manera de superar sus conflictos morales o éticos,
sus dudas; como un forma de resolverlos a través de la contraposición de ideas diferentes
aunque complementarias; como un modo de ver la luz. Sin embargo, desde mi punto
de vista, parece que Kierkegaard nunca llegó a superar la culpabilidad
que le creó su decisión de romper el compromiso matrimonial con su novia y todo
su discurso es un intento de tranquilizar su conciencia. Nace, creo yo, como una
forma de consolarse a sí mismo, de autojustificación que no termina de tranquilizarlo
del todo y a la que llega, desde mi punto de vista, con convicción pero sin demasiada
firmeza, como una forma más bien de autoengaño.
Encontrar una respuesta en la fe en Dios – salida por la que optó en la vida real
– es algo muy respetable y coincide con la de muchísimos creyentes en todo el mundo.
Lo que sucede es que tal y como lo plantea
Kierkegaard me parece una opción demasiado
radical.
Por otro lado, pienso que se puede disfrutar de la vida y ser a la vez una persona
respetuosa con las normas y creyente en Dios. Yo, al menos, no comparto esa división
tan estricta de la existencia humana en tres estadios separados y absolutamente
irreconciliables. Opino más bien que pueden complementarse perfectamente.
Esto no quita que haya personas que prefieran vivir dedicados por entero a Dios,
otras que “vivan la vida loca” sin pensar en nada más y que existan también los
que se llama gente de orden que se considera a sí misma integra y responsable, pero
la mayor parte de la masa humana es una mezcla de las tres. Al menos así es como
lo veo.
Joseph B Macgregor
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