Manel Haro (Registrado)
El amor es una manera de mantener viva la llama. No solamente porque el amor es un impulso natural del ser humano, por tanto de la naturaleza, sino porque amando la naturaleza, la mantenemos viva. El yo poético es un semejante de la naturaleza, ambos sufren igual porque ambos son creadores y fruto a la vez de la vida misma. Al yo poético se le vuelven los dedos azulados navegando en un mar sin orillas al mismo tiempo que la naturaleza va siendo testigo de su propio funeral.
En el poema Canto funeral de los nacimientos tenemos un juego de binomios potentes que demuestran esta semejanza entre el yo poético y la naturaleza: jardinero y enterrador, hierba y asfalto, rosa y nieve, parto y funeral, trigo y ceniza… Y todos estos binomios quedan "abrazados", como muestra de que el nacimiento y la muerte van encadenados y lo que nos queda es lo que está en el medio: la vida. Nuevamente la vida.
Enrique Falcón dice "pocas veces, entre la poesía española contemporánea, podríamos encontrar libros como éste en que la defensa de la vida se convierta en un acto de dignidad". Y Antonio Orihuela afirma que Ángel Padilla "ha construido un poemario que nos interpela, nos zarandea y nos fustiga para que despertemos de este tiempo de muerte a la vida". No hay dos frases que definan tan a la perfección la esencia de este poemario. Poco más se puede añadir que no sea mencionar el impacto que supone la lectura de
Funerales del caballo:
un poemario de extrema dureza, pero necesario. Y un final tan brutal como sugerente.
Manel Haro
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