Anika (Registrado)
“Fui hija de supervivientes del Holocausto” es una especie de “Maus” femenino. La autora también ilustra su libro, pero no es un cómic, aunque hay algunas páginas que sí son viñetas y que muestran cómo se siente ella. A veces hay que hacer un esfuerzo para entender la relación entre esas viñetas y lo que está contando porque salen de lo más profundo de su alma y ella las transmite como sabe hacerlo, de una forma distinta a su narrativa.
También, y a menudo, incluye palabras yiddish donde, en ocasiones, aprovecha para poner a continuación lo que significan para que lo entendamos, pero no lo hace siempre, por lo que hay momentos en que no entiendes el significado, pero la narración continúa con el mismo interés.
La relación más importante y que más afecta a Bernice es, sin duda, la que tiene con su padre. Le adora y no se siente del mismo modo correspondida, y se pregunta si hubiera sido distinto de no haber existido el Holocausto. Él ahora es un jugador, tiene un problema que quizá no tendría de haber vivido otra vida. Así lo ve Bernice en todo lo que hace, sin embargo sueña con él como si fuera un héroe.
Bernice define el Holocausto como una droga, una droga de la que sus propios padres son traficantes porque se la inyectan en vena sin suponer que este hecho le afectará de por vida. Al mismo tiempo y en busca de algo de protagonismo –porque se siente invisible- ella misma, siendo niña, aprovechará este hecho para ser popular (Eh, tú, yo soy distinta. Mis padres estuvieron en Auschwitz. ¿Tienes algo que pueda superar eso?. Página 21). Además, el yiddish es el habla habitual en la casa entre los familiares, y nadie se pregunta si Bernice entiende o no lo que dicen. Pero ella aprenderá a descifrarlo y se sentirá más imbuida en la historia del Holocausto.
En sus padres existe una pequeña contradicción que, supongo que al igual que yo, la propia Bernice no comprendería bien. ¿Si tanta necesidad tenían de que nadie olvidara lo que habían pasado, por qué se cambiaron el nombre al llegar a Canadá? Beryl o Barek se acaba llamando Ben, sus tías Binche y Chana son ahora Bina y Hannah, su abuelo Mordechai se llama ahora Motel… y así todos.
En el libro, Bernice Eisenstein hace memoria de sus recuerdos desde su niñez hasta cuando ya es una mujer casada, siempre interesada en saber y comprender, y parte de esa droga que le inyectan sus padres se complementa con la literatura y el cine. El campo de concentración que aparece en “La lista de Schindler”, Plaszow, fue uno de los que estuvieron su padre y su tío. Los chutes de la droga del holocausto se agudizan con libros que lee y a veces relee, como “El último justo” de André Schwarz-Bart, o autores como Primo Levi.
En resolución: Bernice busca lo que ha perdido, porque sabe que de no haber estado sus padres en el Holocausto, ella habría tenido otra vida, y la busca desesperadamente del mismo modo en que busca respuestas y termina aceptando y entendiendo, aunque tarde.
Por otro lado el libro tiene una estética bonita, cuidada y curiosa. Es en tapa dura y se lee muy rápido. Las ilustraciones no siempre tienen un significado directo con el texto –es casi más necesario que sea el lector quien se aproxime a ella y entienda lo que tenía en mente Bernice cuando los dibujó, quizás así la entienda mejor-.
Sin duda, muy recomendable. Sientes la incomprensión, la esperanza, el deseo y las dudas de Bernice Eisenstein desde su niñez. Te involucra en su vida con su narrativa.
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