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El autor lo avisa en el prefacio: “Nuestra época quiere biografías heroicas, pues la propia pobreza de cabezas políticamente productivas hace que se busquen más altos ejemplos en los tiempos pasados. No desconozco de ninguna manera el poder de las biografías heroicas, que amplifican el alma, aumentan la fuerza y elevan espiritualmente. Son necesarias, desde los días de Plutarco, para todas las generaciones en fase de crecimiento, para toda juventud nueva. Pero precisamente en lo político albergan el peligro de una falsificación de la Historia (...) En la vida real, verdadera, en el radio de acción de la política, determinan rara vez – y esto hay que decirlo como advertencia ante toda fe política- las figuras superiores, los hombres de puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores, aunque más hábiles: en la figuras de segundo término.”
La época a la que se refiere Zweig, como se puede imaginar es la de los totalitarismos de principios del siglo XX, un tiempo no menos convulso que el mencionado en el libro, y en el que Fouché habría encajado perfectamente. Un personaje al que Zweig describe entre la admiración y el desprecio, al que destaca por su habilidad innata para aprovecharse de los demás, sin importarle las consecuencias, y que vivió una existencia marcada por el poder que siempre ejerció desde la barrera, tirando la piedra y escondiendo la mano. Manejando los hilos entre bastidores, lo que provocó el respeto, el miedo y el rechazo de los hombres más poderosos de Francia.
Pocos podían augurar que tras los humildes orígenes de aquel tipo delgado y poco agraciado, hijo de un mercader, surgiría un personaje fundamental en la rueda del destino de Francia, en sus papeles de Duque, Senador, Excelencia, Ministro de la Policía o Consejero de Estado. De la pobreza más absoluta a las mayores riquezas, de los favores del poder al exilio, su existencia estuvo marcada por su ambición y su astucia, y hasta el final de sus días siempre mantuvo su doble o triple juego, engañándolos a todos, siendo partidario sólo de sí mismo.
Experto en traición, inmoral e impredecible, Fouché demostró una habilidad política como pocos, y una auténtica maestría en evitar la guillotina, a la que estuvo expuesto en varias ocasiones. Esa ausencia radical de principios, que le ha privado del reconocimiento de la historia, sólo cambiaba cuando se encontraba en su hogar, rodeado de su familia, por la que sentía auténtica devoción.
La biografía está contada desde la erudición y el gusto literario, con una acertada semblanza de la sociedad de la época, y una narración plagada de ironía.
La lectura se antoja imprescindible para conocer una época y un personaje al que inevitablemente se adquieren simpatías, a pesar de haber protagonizado algunos de los episodios más negros de la historia de Francia, como los terribles cañonazos de la ciudad de Lyon, en la que cayeron como moscas los opuestos a la república, y donde se ganó el apodo, nunca perdido del todo, de “Mitrailleur”.
Por todo ello se hace recomendable la lectura de este libro, que relativiza la importancia de las ideologías (recordemos que cuando este libro se publica Europa está azotada por el fanatismo nacional y la servidumbre a regímenes totalitarios, por lo que cobra mayor interés) en detrimento del poder de la política, la manipulación, el miedo y la diplomacia.
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