Joseph B. Macgregor (Registrado)
Podría dar múltiples razones literarias para aconsejar la lectura de este libro,
explicar además a los lectores/as de esta reseña quién es
Katherine Mansfield y por qué es considerada
como una de las más importantes escritoras de cuentos / relatos breves de principios
de siglo; completar mi comentario además con suculentas anécdotas de su biografía
personal, que servirían para hacer un perfil psicológico que explicaría muchas cosas
acerca de su estilo de narrar, los temas de sus cuentos, sus personajes, etc., pero
sencillamente, no voy a hacer nada de eso por una razón muy sencilla y es por qué
a mí me gusta leer a Katherine Mansfield por otros motivos. Los
temas que trata, los personajes que protagonizan las tramas, el presunto carácter
autobiográfico de muchos de sus relatos, etc., aun siendo valores a tener en cuenta
y que innegablemente forman parte de su estilo de contar las cosas no son los aspectos
que más me interesan cuando me acerco a su universo.
Es verdad -como dicen los entendidos y ella misma lo expresó así - que la influencia
de
Chejov en sus relatos es más que evidente. Pero, de nuevo, el que
sus cuentos se parezcan a los de
Chejov tampoco es razón suficiente para
mí ni siento que tenga nada que ver con el placer que me provoca la lectura de estas
narraciones. Encuentro, eso sí, un punto en común entre ambos que considero más
importante: que la lectura de las narraciones chejovianas y las de la
Mansfield provocan en mí la misma emoción.
Muchos de los relatos incluidos en este libro – "Las
hijas del difunto coronel", "Su primer
baile" o "La mosca"
– podrían haber sido escritos perfectamente por el escritor ruso; sólo habría que
cambiar el escenario neozelandés o europeo por el soviético. Tanto las situaciones
descritas – pequeñas escenas cotidianas en las que puede surgir (o no) algún pequeño
conflicto – como los
personajes pertenecen claramente al
mundo chejoviano. Pero si K.M. fuera tan sólo una "imitadora" más o menos habilidosa
de
Chejov tal cosa no pasaría de ser una mera curiosidad. Ella tiene
su propio
universo también, en el cual reflejar sus inquietudes, miedos, dudas,
reflexiones, filosofía de la vida, etc.
Pero considero todo lo expuesto anteriormente como algo secundario. La razón por
la que he disfrutado cada uno de los relatos breves incluidos en este libro es por
eso mismo: por que los he disfrutado, me han interesado y emocionado a partes iguales
tanto por el estilo con el que K.M. cuenta las cosas -una suerte de narrativa poética
no exenta de una gran frescura- como por las situaciones cotidianas que plantea;
o lo que es lo mismo: por la voz.
Entre líneas, puedo escuchar la voz de una autora inquieta, rebelde, inteligente,
sensible, capaz de diseccionar con suma habilidad la crueldad y la miseria del ser
humano vulgar y corriente, describir situaciones que cualquiera de nosotros puede
haber protagonizado en algún momento de la vida.
Pero, insisto, lo que más me gusta es el tono de voz, el modo en cómo K. M. me habla
a través de sus relatos: con suavidad, utilizando el adjetivo adecuado en el momento
justo, el comentario adecuado, símbolos de fácil decodificación (la señora Paloma
y el señor Palomo, la mosca, etc., de los relatos homónimos), etc. Con un sentido
del ritmo y del suspense tan admirable como envidiable. Además K.M. es una maestra
a la hora de describir, crear y trasmitir atmósferas o situaciones angustiosas o
crueles.
Joseph B Macgregor
|