Joseph B. Macgregor (Registrado)
En su anterior novela,
La Isis dorada,
Jorge Magano nos ofrecía una parodia bastante eficaz y divertida
sobre las novelas de intriga histórica. En
Fabuland sin
embargo nos encontramos con una fantasía destinada en principio para adolescentes,
un aparente cambio de registro tan insólito como inesperado. Y subrayo lo de “aparente”
porque en esta novela nada es lo que parece.
Empecemos con el tipo de lector al que presuntamente la novela va dirigida. Efectivamente,
es una historia juvenil protagonizada por chicos de hoy (Kevin, Martha, Chema, Hideki).
En el caso concreto de Kevin resulta evidente que cualquier adolescente del siglo
XXI puede sentirse identificado no sólo con su problemática personal, obsesiones
y traumas o con los conflictos que debe superar sino también y sobre todo con sus
hobbies y aficiones, en este caso los juegos en red o los juegos de
rol. En ese sentido,
Magano juega sobre seguro aunque
esta opción conlleva también sus riesgos, el primero de ellos el que la historia
pueda quedarse en una mera aventura por y para adolescentes sin más, que una vez
superada esa turbulenta fase llamada pubertad pierde cualquier tipo de motivación
o interés.
Afortunadamente, una de las muchas cualidades que presenta
Fabuland es
que puede ser disfrutada con idéntica intensidad e interés por todo tipo de lectores;
es más, estoy seguro de que los adultos sabrán sacarle todavía mayor partido ya
que el texto está repleto de referencias fácilmente reconocibles por todos los que
tienen menos de cuarenta e incluso como es mi caso muchos años más. En mi caso,
por ejemplo, reconocí inmediatamente a la cerdita oráculo que aparece en la historia
como uno de los
personajes más importantes de uno de
los films “malditos” y más desconocida de Disney llamado “Taron y el caldero mágico”.
Pero hay muchos más: desde el Guybrush Threepwood el protagonista de Monkey Island
hasta La Isla del Tesoro,
El señor de los Anillos,
o las pelis de piratas de Burt Lancaster.
Otro aspecto que en principio parecía difícil – aunque no imposible – de superar
tiene que ver con los dos planos narrativos en los que transcurre la historia: la
realidad (es decir todo lo que tiene que ver con Kevin) y la ficción (las aventuras
en Fabuland). Mantener en todo momento el equilibrio justo para la fantasía no termine
devorando a la realidad (y viceversa) podía resultar en principio todo un arriesgado
desafío que
Magano con su habitual pericia y ejercitado desparpajo consigue superar
con nota muy alta. Desde mi punto de vista, la simbiosis entre ambos estadios es
prácticamente perfecta, se me antoja además fuertemente hilvanada, sin fisuras aparentes
o sin que canten en exceso los remiendos chapuceros de última hora. Las dos aventuras
se complementan y se retroalimentan con eficacia, sin que se resienta ni el ritmo
de la historia total, ni el interés del lector, ni el suspense por el qué pasará
después.
El tercer error en el cual podía haber incurrido
Magano tiene que ver con el componente
más o menos humorístico o paródico que forma ya parte de su marca de estilo, de
su manera particular de contar las cosas. Que un tabernero se llame Willie Mojama
o que uno de los piratas más agresivos haya ejercido antes como crítico musical...
qué quiere que les diga, a mí me hace muchísima gracia. El que los monos que aparecen
en la Selva Canalla (¡¡¡pa' mondarse el nombrecito de la selva!!!) reciban el apelativo
de resinosos porque se “colocan” con la resina de los árboles, que los magos sean
Hirsutos, el músico de llame Lalo Solfa o la taberna de Port Varese tenga toda la
pinta de Mariscos Romerijo, célebre marisquería del Puerto de Santa María,
me parece una muestra de por dónde van los tiros, humorísticamente hablando, de
este sujeto. Todo este cúmulo de paridas, imposible de mencionar todas en el breve
espacio de esta reseña, podía haberse convertido en un arma de doble filo para el
desarrollo eficaz de la historia. Por un lado, es cierto que nos aporta sana diversión
pero por otro lado podría provocar el cansancio del lector por exceso o la trama.
Sin embargo, tengo que decir que para nada sucede tal cosa. Pienso que en ese sentido
Magano demuestra gran habilidad para saber colocar el gag
en el momento preciso
o más adecuado, sin que la aventura pierda seriedad o interés. De hecho, yo creo
que a la larga resulta uno de los rasgos más originales y motivadores de la novela
en cuestión y como dije anteriormente una marca de estilo, una forma de contar las
cosas burlándose de ellas pero a la vez mostrando un enorme cariño y sensibilidad
hacia todos esos elementos que intenta parodiar. Esto también sucedía en su anterior
novela,
La Isis dorada, que el
mero divertimento no oculta el enorme trabajo de documentación que la historia requería.
Por otro lado, hay también momentos que están contados con la gravedad que la situación
requiere, sin que tampoco la novela llegue a trasmitir tristeza o desazón en ningún
momento. De nuevo, el equilibrio entre humor/no humor considero que está nivelado
en su justa medida.
Pero absolutamente nada de esto tendría la menor importancia sino fuera porque además
la trama tiene mucho interés (y no lo pierde nunca), está narrada con mucha agilidad,
los
personajes nos interesan, hay momentos de duda (¿Es Martha “buena” o “mala”),
de emoción (¿Conseguirá Kevin salvar a la princesa de verdad?)… Mucha imaginación,
en definitiva, y muchas ganas de hacer la cosas con cariño y sumo respeto hacia
sus lectores.
…Y porque es una novela muy bonita ¡Qué leches!
Joseph B Macgregor
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