Joseph B. Macgregor
Queda claro, tras leer este libro, que Emily Dickinson era una artista absolutamente genial, con un mundo interior hermosísimo que traduce a través de su poesía. Pero atención: no nos encontramos con la típica autora, más cerebral que visceral. Para nada. De la lectura de las cartas enviadas a Higginson podemos deducir sin dificultad varias cosas:
- Que Emily Dickinson tenía una especial y extraña capacidad para interiorizar la poesía hasta tal punto que casi ninguna de sus cartas poseen una estructura en prosa tradicional. Cuando escribe a su Maestro, con frecuencia aparecen palabras en mayúsculas que no tienen que estarlo, frases o reflexiones enigmáticas de difícil interpretación cortadas por guiones (como sus poemas), fragmentos de poemas de Keats o de algún autor favorito, afirmaciones resultado de mezcla de fragmentos de obras de teatro de Shakespeare o de poemas favoritos con citas bíblicas, en especial del Apocalipsis; pero en ningún momento se muestra pedante, sino que todas estas cosas parecen surgir con naturalidad, con fluidez, como si no le costará demasiado esfuerzo expresarse de este modo; es decir da la impresión que le resultaba más fácil comunicarse en verso que en prosa y que su lenguaje surge del pensamiento, desordenado y sin reglas ni severos esquemas.
- Que siempre fue una mujer sola que encontró en la poesía un sentido, un modo para crecer como persona. Le preocupaba hacerlo bien, pero tampoco demasiado. Ya hemos señalado antes que prácticamente tenía la poesía “inyectada en vena”.
Siempre vivió en el mismo lugar, recluida prácticamente en el hogar familiar, sin hacer demasiada vida social, dedicada a su poesía, a escribir cartas y sin demasiadas ganas tampoco de abandonar su refugio. Es digno de señalar como las dos o tres veces que ve a Higginson es él quien la visita a ella. Cuando el escritor le sugiere que vaya a verle, Emily siempre deniega hacer tal cosa, abandonar su hogar. Estuvo enamorada en muy pocas ocasiones, se cree que muy intensamente pero nunca se casó. Algunos estudiosos dicen porque no pudo; otros afirman porque ella no quiso. Sea como sea, tampoco parece que tuviera mucha vida sexual. Sin embargo, su poética no es existencialista, ni aparecen sus represiones, en caso que las tuviera. Es más metafísica. Parte de la naturaleza, de lo más íntimo: ella refleja su mundo interior, su percepción sobre las cosas, que a veces es muy positiva; nada pesimista u oscura.
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