Anika (Registrado)
Puede que os preguntéis cómo puedo, hablando del mismo libro, definirlo como una “joya” que produce “horror”. Esa pregunta sólo se la haría aquel que no hubiera leído y visto el libro con todo detalle. Pero yo me encargaré de haceros ver por qué lo veo así.
No entiendo de Arte, ni siquiera puedo decir que los dibujos de Bartolí me gusten, lo que pasa es que esas líneas y trazos te hacen ver sus miserias y no te dan respiro. La perfección de los detalles vistos a través de sus ojos, unido a los textos de Molins i Fábrega, que escribe de forma que parece abducirte para tenerte a su lado y tienes la impresión de que esté rememorando en voz alta mientras mira las estrellas y tú le escuchas, es sublime. Yo he probado a leer algunos en voz alta, y me han impresionado mucho.
En el texto te traspasa la emoción y la rabia, en las ilustraciones, el dolor y el horror. Cualquier alma sensible puede llegar a llorar sólo con mirar una lámina en particular, o sentir todo el tiempo la carne de gallina. Personalmente me ha pasado con varias páginas. ¡Dicen tanto! No podemos ponernos en sus pieles porque no lo hemos vivido, pero ellos, unidos en un mismo esfuerzo para hacernos ver aquello de lo que fueron sólo un par entre miles de protagonistas, consiguen que no se te hiele el corazón, ni que te hierva la sangre, directamente te infunde el horror.
Las imágenes de Bartolí, algunas sencillas, otras donde apenas cabe un alfiler, muestran la diferencia entre víctimas y verdugos de una forma sorprendente. No se regocija en los huesos de los esclavos para hacernos temblar, pero sólo hace falta una mirada a los rostros de los gendarmes para que lo hagamos. Lo que es inimaginable para nosotros, se convierte en una especie de visión cuando leemos el texto que acompaña a la imagen.
Hay, en el libro, algunos capítulos dedicados a las madres o las mujeres, y juro por Dios que se me ha hecho un nudo en la garganta o tenido que respirar hondo. Así son los textos de Molins i Fábrega. Sin recrearse en detalles morbosos, sin recurrir al testimonio novelístico, simplemente sacando de su corazón bellos pero brutales párrafos que te hacen sentir cómo se eriza la piel de tus brazos. Y mientras tú sientes desesperanza, el autor la mantiene siempre con fiereza en sus textos.
Estad atentos porque este libro merece algo más que una reseña, y cuando tenga en mi poder la información que necesito y pueda redactarlo, viviréis conmigo estas páginas. Pero yo de vosotros no me quedaría sólo con mis palabras. Yo lo compraría (esto es algo que nunca digo en la web, os podéis imaginar, pues, lo que creo que significa “Campos de concentración” cuando lo estás leyendo y observando)
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