Daniel González Irala (Registrado)
En este caso, la novela está inscrita entre una primera obra todavía casi incipiente y la trilogía de "La lucha por la vida" ambientada en Madrid; aquí todavía Madrid no es más que un espejo gris y difuminado de lo que en la trilogía se representa y dado que la vocación de Osorio le lleva más a un entorno rural o de contacto con la naturaleza, la capital de España se nos muestra en un claroscuro trágico donde lo urbano es lo real mucho más castigado y lleno de conflictos ante una etapa histórica en que los anarquistas están empezando a cambiar la visión del mundo; es Fernando Osorio un estudiante inconstante, tenaz, brillante, pero disperso; si empezó alguna vez Medicina fue con la idea de descubrir algo más profundo que el lecho de cuidar o velar por el cadáver a punto de consumirse o por el enfermo irremediable, cultiva la pintura a la vez que su amigo escribe y trata de encontrar en este refugio artístico una sentimentalidad entre expresionista y feísta de las cosas, que si bien no le hace bien, al menos le acompaña; famosos son así sus dibujos brillantes, abstrusos en ocasiones y mediocres otras tantas que esboza en clases de "Patología General" y es que en este carácter tan atormentado y, a la vez, adusto, parecen existir enormes contradicciones que tratan de explicar las relaciones amorosas y familiares del susodicho.
Perteneciente a una familia acaudalada tiene Fernando un año cuando una tía abuela le deja a él y a unas primas una herencia cuantiosa; el velorio es exasperante, pues padres y tíos dan por supuesto que los hacendados necesitan una curatela para administrar sus bienes, intentando así sacar tajada de lo que venga; al final, sus tías se harán con un piso en el centro, una de cuyas habitaciones reservarán a su sobrino quién se sentirá incómodo en la capital y pronto marchará. De otro lado, los padres de Fernando nunca lo quisieron a su lado y sólo recuerda con cierto cariño al anticlerical de su abuelo que al menos le enseñó a rebelarse hacia lo que a priori se disponía desde la Iglesia; aún así, la educación primigenia siempre enseñó a Fernando a rezar y mirar portadas de templos y altares y lo que de mayor le queda es una inspiración vaga y arbitraria que le inspira fantasmas por untado y motivos de liberación por otro.
El día que Osorio sale con uno de sus inconformistas amigos que odian España, con el que ve cómo dos fulanas se arrancan a pelear sin ser separadas por su chulo, a los dos les da por caminar hacia Carabanchel y llegar a ventas y pueblos del extrarradio, primero hacia Toledo o Extremadura, luego hacia Segovia, el protagonista empieza atiborrándose de comida en bares para acabar deambulando en solitario por calles de pueblo y bosques en busca de sí mismo: por Somosierra, Navafría y La Granja camina en carretas alquiladas o a pie, surgiendo en el camino amigos como el pastor adorador de Nietzsche que no ve en su doctrina ningún egoísmo, o el experimentado carretero que le descubre que no por más dinero o tierras que se tengan se es más feliz; tiene el norte de Castilla un paisaje deshabitado lleno de piedra maciza, un buen caldo de cultivo para su afición por la escultura que unido a su panteísmo por el que se explica hasta el canto de un pájaro por una fuerza suprema que le hace sentirse bien; además los riachuelos de agua fría y la vida de cazadores que resultan ser más valientes por resistentes que osados al aullido del lobo, le hace permanecer estoico de mente, pero curándose de fiebres y malos humores en casas de hospedaje de pueblos que en ocasiones le ofrecerán comida.
Por ello decide tirar más al sur y descubrir Toledo a través de las especiales telas que las muchachas llevan para ir a misa, telas que parecen sacadas de un cuadro de El Greco, pintor al que admira y es que toda esta crisis que le lleva a viajar le vino de una relación tórrida con mujer a la que no amó, pero a quién se entregó con extenuación y lujuria en Madrid: El ambiente toledano es más propenso al amor y Fernando recorre pueblos de la provincia donde encuentra en la misma taberna a gente huraña como él y, a la vez, a un grupo de golfos comediantes a los que sobra soberbia y modales y falta dinero, sobre todo desde que deciden separarse como grupo y verse perdidos n su peculiar camino a ninguna parte; en un acoso por el que se ve obligado a huir de uno de ellos, Fernando toma el tren a Alicante, bajándose a destiempo y decidiendo ir a ver a mitad de trayecto a un abuelo que se casó con una prima suya para después emparentarse con una lugareña de Castellón. Allí conoce a sus hijos y nietos, por una amiga de una nieta empezará a sentir atracción y a pesar de que al principio las relaciones son difíciles y de que el carácter del levantino está cargado, para él, de una ironía sin verdad, Osorio y el hijo del dueño de un casino acabarán peleando por Dolores, siendo éste el pretendiente de toda la vida; Dolores se casa con Fernando y deciden hacer su viaje de novios en Barcelona; tras un aborto, Osorio está reconciliado con la vida de campo y se promete a sí mismo no atormentar a su retoño con vaguedades espirituales.
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