Joseph B Macgregor (Registrado)
Hay
una esquina amarilla
donde un cuerpo
presiente
la infinita mordedura
de esconderse.
Así de breves y de rotundos son muchos de los pequeños poemas incluidos en
Calma Corazón, Calma.
Los temas que tratan: el dolor, la desesperanza, la soledad, la nostalgia de tiempos mejores (la infancia, la adolescencia…) y de las personas a las que tanto quisimos y que tanto nos quisieron también (el padre, la madre) y que recordamos ahora que ya no están con nosotros.
Y por supuesto, aparece también el amor expresado en todas sus vertientes: el amor ausente, el amor perdido, el amor vivido y gozado, el amor cansado, el amor agotado, en amor recobrado…
Y el tiempo, como algo que transcurre en nuestro interior – el tiempo interno del cual hablaba Bergson (y también
Antonio Machado) – y que casi nunca coincide con el de nuestra edad real. Ese tiempo interno que a veces se deja invadir por la melancolía, el hastío o el aburrimiento, que se nos hace tan largo. Tiempos muertos que no van a ninguna parte.
Curiosamente fueron los versos más largos o extensos los que consiguieron llegarme más al corazón, los que me parecieron más claros, más sencillos, más cercanos, menos oscuros o secretos, más accesibles y menos recónditos, menos refugio y más conectados con la vida cotidiana.
De igual modo, he experimentado la agradable sensación de que conforme avanzaba en la lectura del poemario esta accesibilidad y nitidez se me hacía cada vez más patente. Sentía como si en un principio la autora se ocultara de mí, sin permitirme conocerla o descubrirla por completo, bajo una serie de versos muy cortos, sólidamente construidos, pero demasiado simbólicos y como consecuencia muchos más fríos, más literarios eso sí pero menos próximos a mí; como si alguien intentara comunicarse conmigo y ella y yo no compartiéramos el mismo idioma. Pero afortunadamente, los poemas parece que de manera gradual van ganando en cercanía, en proximidad, y hablan de cosas más comprensibles, con la que parece que conecto (y entiendo) un poco mejor.
Finalmente, la autora parece que se desnuda más, que se esconde menos debajo del concepto o del verso brillante y la veo más claramente y de este modo puedo vislumbrarla y sentirla más cercana a mi mundo, más humana y con más deseos de abrirse al exterior, de salir de la burbuja en la que ella misma se encontraba atrapada, como si poco a poco hubiera conseguido romper el cascarón y mostrarse ante mí por fin con tal y como es, sin tapujos ni ambages.
Joseph B Macgregor
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