Francisco Javier Illán Vivas (Registrado)
Le pregunté a la autora si no habían demasiados vampiros sueltos, pues puede producirse
un serio problema para alimentar a tanto chupasangre. Y no sólo por las series de
televisión, si no también por las películas, por los tebeos, por el teatro, por
los libros, por toda una avalancha que se nos ha precipitado desde
el personaje de Bram Stoker y el vacío
dejado por Harry Potter.
Hace relativamente pocas fechas, la semana del 6 de diciembre, el Babelia nº 889,
recogía un monográfico sobre el tema, “Aquí hay un vampiro”,
como introducción a un especial de literatura infantil-juvenil. El pasado 10 de
enero fue el ABCD de las artes y las letras, en su número 884, también incluía un
reportaje especial sobre “A capa y estaca”, historia de
vampiros. Como decía, todo un fenómeno de la cultura actual, que, para
Javier Montes, funciona porque “ofrece a
cada generación la posibilidad de hacerse una transfusión directamente en la vena
de sus nuevas obsesiones”.
Antes de continuar debo confesar que me prometí, hace muchísimos años, en el mismo
momento en que leí estas palabras de Jonathan Harker: “más tarde comprenderá que
algunos hombres la amaron y que, para salvarla, se atrevieron a todo”,
que jamás volvería a leer libro alguno relacionado con los vampiros. Una promesa
que no he podido mantener. No sé cuantos habré leído desde entonces (Drácula es el libro 103 de mi
biblioteca, y me costó 100 pesetas, con eso os digo el tiempo que ha transcurrido),
pero sí los dos últimos, La vieja raza,
de mi amigo
Alejandro Guardiola, que me pidió se lo prologase, y
Bruno Dhampiro,
un bellísimo cuento- de 298 páginas- con ilustraciones de Fernando Vicente.
Teniendo en cuenta que
Drácula es el padre de los vampiros,
regresamos a un mundo que ya no cuenta con la presencia de las sanguijuelas de dos
patas y donde
Rosa Gil rompe algunos moldes, pero respeta otros mitos que siempre
han estado vinculados a los herederos del famoso conde.
Si
el vampiro despierta en nosotros unos enormes temores ancestrales,
primigenios me gusta decir (no en vano es una leyenda milenaria arraigada en muchas
culturas), también es cierto que lo hace con el deseo inconfesable de nuestras nuevas
generaciones: la adicción y la inmortalidad. Y Bruno, que es un Dhampiro, aunque
él no lo sabe, renuncia a esa herencia inmortal por la libertad de decidir su futuro,
un acierto por parte de la autora, en tiempos que las libertades civiles parecen
ir en retroceso.
Pero, un momento, ¿qué es un Dhampiro? Me gustaría que lo descubrieseis con la lectura
de este libro, bien escrito, ameno, con toques de humor y
personajes que harán las delicias de
los más pequeños, y con otros, como Negroponte Kraan, que nos traerán los góticos
recuerdos del más famoso de los condes de Transilvania. Una pista, Bruno tiene un
ojo de cada color, pero no es un vampiro, aunque el mencionado Kraan también los
tenga así.
Rosa Gil, en esta divertida aventura que ya anuncia continuación,
hace simpáticos guiños a clásicos de la literatura de todos los tiempos. El orfanato
Memorial Adelaida y Augustus Jarque de Mistyville, para mí un guiño a
Oliver Twist. Nos encontraremos
con un heredero de Van Helsing, (quien nos insistía que el mayor poder del vampiro
es que no creemos en él), reciclado a profesor y director del mencionado orfanato;
haremos de jóvenes indianasjones para resolver tres misterios
y poder acceder al santasanctórum del monstruo, quien espera el momento
idóneo de la fase lunar para consumar sus malvados planes, en una escena con toda
la fuerza visual de aquella de Willow, cuando la reina
Bavmorda quiere sacrificar a Elora Danan.
Rosa Gil ha escrito un divertido y emocionante cuento para un público
muy exigente, el que según las estadísticas más lee, el más preparado para encontrar
cuando una historia merece la pena, y lo ha conseguido.
Francisco Javier Illán Vivas
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