Joseph B Macgregor (Registrado)
En BREVE HISTORIA DEL SATANISMO, Joseph McCabe nos explica cómo ha evolucionado el concepto de Satán a lo largo de la historia: no siempre el diablo ha tenido cuernos y rabo. Así, en civilizaciones antiguas como la Persa, la Egipcia o la Babilónica lo maligno estaba asociado a una serie de dioses malvados o se identificaba con el Mundo de las Tinieblas; la maldad se manifestaba en forma de sombras oscuras, entes espirituales que influían negativamente en el destino de las personas o en los fenómenos naturales, las desgracias, etc. Así las leyendas bíblicas o apocrífas sobre el nacimiento del Diablo como Ángel Caído se entremezclan con el mito de Angra Mainyu de la Biblia Zoroástrica, sin que llegue a estar del todo claro quién influyó en quién. No será hasta los primeros años de la Edad Media cuando el Diablo comience a hacer de las suyas como una suerte de travieso satirón obsesionado con fornicar con unos y con otros (desde mujeres casadas a obispos) sin ton ni son. Pero no sólo se dedicaban a seducir a monjes y a monjas sino que también agriaban el vino, arruinaban cosechas de trigo y escapan traviesamente de la persecución de sacerdotes que querían eliminarlos. Y aquí encuentro uno de los aspectos más interesantes aportados por McCabe y sobre el que gira en realidad todo su ensayo: estas historias sobre diablos que se cuelan en habitaciones y se transforman para poder seducir a mujeres no son fruto de la superstición popular sino que fueron defendidas y fomentadas por la propia Iglesia. En otras palabras: quienes más teorizaron acerca de la naturaleza del diablo y se obsesionaron con este personaje fueron los grandes pensadores cristianos de Occidente y de Oriente, Santo Tomas de Aquino a la cabeza, seguido por la mayor parte de Papas, Teólogos, Pensadores religiosos, etc. Así por ejemplo Tomás de Aquino se ocupa, entre otras cosas, de describir aspectos tan curiosos como la densidad del semen del diablo, las relaciones sexuales (complicadísimas) entre diablos y seres humanos o sobre su naturaleza "divina" (no pueden crear cuerpos humanos para su uso y disfrute porque no tienen tanto poder como Dios). Si durante siglos se persiguió, condenó y ajustició a muchas personas acusadas de brujería fue principalmente porque los inquisidores eran los primeros que creían a pie juntillas en la existencia del diablo. De igual modo, los clérigos, frailes o sacerdotes de la época, así como los grandes magnatarios de la Iglesia, creían firmemente en la proliferación de sociedades o grupos que adoraban al diablo, considerando los aquelarres o el Sabath como manifestación evidente de este culto a Satán. Y así llegamos al siglo XIX en el cual papas como Pio IX y Leon XIII, entre otros muchos, emprendieron una cruzada particular en contra de las logias masónicas a las que consideraban como "sinagogas de Satán". En ese sentido, resulta muy interesante y curioso el último capítulo del libro en el que se nos cuentan las peripecias de Leo Taxil y Diana Vaughan, dos personajes que escribieron varios libros y artículos respectivamente describiendo las presuntas barbaridades que se perpetraban en estas logias masónicas y que daban la razón a la Iglesia al considerar a su miembros como adoradores del diablo. Diana Vaughan era presentada por la Iglesia como una integrante de la Masonería que se había arrepentido y convertido al cristianismo. En sus escritos decía reflejar todas las atrocidades que tuvo que presenciar en la sesiones de la logia a las cuales asistió y que fueron las que terminaron por inducirla a abandonarla y profesar la Verdadera Fe. Pero está probado que tanto ella como Leo Taxil eran unos embaucadores, todos sus testimonios eran falsos o inventados; sin embargo la Iglesia, aún conociendo esto, los aceptaba y los difundía como apoyo en su cruzada personal en contra los masones. El ensayo, por tanto, a pesar de que es demasiado corto y en ocasiones excesivamente conciso me ha convencido mucho debido principalmente al tono irónico con que el autor cuenta las diversas anécdotas con las que va apoyando su discurso. No hace falta decir que Joseph McCabe no cree para nada en estas supercherías. Y sin embargo, toda su argumentación viene a apoyar la idea de que ha sido precisamente la Iglesia la principal difusora a lo largo de la Historia de la superstición, la irracionalidad, la intolerancia y el fanatismo. Y que en su lucha por eliminar el Mal del mundo, sus representantes cometieron muchas "maldades".
(C) Joseph B Macgregor
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