Yahel Contreras (Registrado)
De forma muy natural y fluida John resalta los vicios y defectos que creyó encontrar:
desde la ignorancia hasta la mezquindad. Del texto no resulta que el autor haga
tales descripciones con saña. Muy por el contrario, se denota más la narración de
lo observado que la crítica destructiva.
Hay muchos episodios interesantes durante de la estancia de John y Brita en Córdoba.
Como la historia de Manolo el judío cuyos antecesores, excluidos de la diáspora
sefardí y
“convertidos” al catolicismo por razones harto conocidas, no lograron
desprender en él la ferviente creencia en la religión judía. Se toca temas de rencores
e identidad; de discriminación e integración, tema vigente hoy más que nunca en
toda España. Así, como gotas, van cayendo relatos personales también de algunos
españoles con los que John y Brita estuvieron en contacto. Curiosas historias de
sus alumnos y hasta escalofriantes anécdotas como la de Amalia que pone los pelos
de punta sólo imaginándola en nuestra casa.
Es curiosa la visión de un extranjero en un país como España
en esa época. Pero no de un extranjero cualquiera sino de un extranjero proveniente
de un país sin duda más avanzado. Siempre me ha llamado la atención ese fenómeno
de “reubicación” geográfica, social, emocional, intelectual, cultural. John se sorprende
(a juzgar por las líneas dedicadas al mismo tema) de la visión bucólica que del
mundo tienen los españoles; del país del “escaqueo” (a pesar del régimen de
Franco), del sol y de la informalidad,
características que lo hacen apetecible para el extranjero que busque liberarse
un poco del orden impuesto por las reglas. Pero, en una irónica dicotomía, expresa
John que al mismo tiempo España se encuentra atado a
creencias religiosas que él califica
como “la religiosidad sentenciosa, que tantas veces no es nada más que respetabilidad
intolerante, insensible y poco caritativa”.
Aún hoy, es más que probable que el libro cause estupor y malestar a muchos españoles
y en particular a andaluces porque se dicen verdades incómodas y la forma de expresar
es la menos políticamente correcta.
El epílogo, que explica cómo llega a considerarse al autor persona non grata
en Córdoba, ofrece al lector un marco referencial para lo que John narra. Sin embargo,
lo que no tiene desperdicio es el addenda al epílogo: los artículos que
sobre el libro publicó la prensa cordobesa en 1959 y la respuesta del propio autor.
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