Joseph B Macgregor (Registrado)
“Alguien me ve llorar en un sueño”
está estructurado en tres partes diferentes aunque no antagónicas sino complementarias. La primera de ellas, Alguien me ve llorar en un sueño,
está conformada por una serie de poemas protagonizados por Andrés, una suerte de alter-ego de
Ruiz Udiel, el cual se hace portavoz de todas aquellas sensaciones o sentimientos que bullen por su interior y que sólo de este modo pueden salir a la luz. Andrés es un personaje al que vemos nacer, crecer, desarrollarse, poema a poema, por lo que aunque cada uno de ellos puede leerse de manera independiente, Andrés es el nexo común que sirve para dar unidad al conjunto.
De alguna forma, esta primera parte vendría a ser un poemario “con argumento”: la crónica de un sujeto, Andrés, cuya existencia ha estado marcada siempre por la tristeza y la soledad más brutal desde el día de su nacimiento (Alguien abre los ojos por primera vez) cuando era sólo un crío (infancia mostrada no como un estado feliz o idílico si no como trágica y torturada tal y como aparece en Alguien se obsequia un trozo de muerte, Alguien quiere denunciar, Alguien dejó morir sus zapatos…) y sobre todo cuando es adulto. Los títulos de cada uno de los poemas comienzan con la palabra “Alguien”, en los que
Ruiz Udiel denota una gran capacidad para crear imágenes impactantes, muy atmosféricas y en los que lo metafórico y lo
surreal parecen ir siempre de la mano, en excelente comunión.
La segunda parte, Destete de Alguien Me Llorar en un Sueño Alimento,
está formada por cinco micro-poemas, que son como reflexiones rápidas e impactantes que vienen a resumir muchas de las cuestiones planteadas anteriormente. Sirven además como transición entre la primera parte y la tercera, como una especie de respiro para el lector, superado quizá por la fuerte y profunda intensidad de los poemas protagonizados por Andrés.
En la última parte, El Mar Se Quedará Ciego, Udiel retoma el tema de la angustia de la soledad pero dándole un sentido mucho más amplio, más general, mucho más social. Las razones de esta desazón no se centran ahora únicamente en la esfera íntima y personal del poeta sino que hay que buscarlas fuera, en los acontecimientos trágicos que vemos diariamente en los noticiarios de televisión o que leemos en los periódicos, en los sucesos cotidianos, de nuestro día a día, que nos trasmiten esa sensación de incomunicación o de soledad. En esta parte,
Udiel alterna poemas largos, al estilo de los que aparecían en la primera parte, con otros muy breves, al estilo de la segunda. De nuevo, la metáfora, la descripción onírica, la imagen impactante están muy presente en todos ellos, aunque Andrés ha perdido ya todo protagonismo y es el propio poeta quien toma en esta ocasión la voz cantante.
Poema a poema, la soledad aparece siempre como una pesadilla de la cual Andrés / Udiel le resulta imposible despertar, como un callejón sin salida, sucio y maloliente, repleto de cadáveres de gatos; o como una habitación cerrada, irrespirable, en la que apenas entra un hilo de luz. Soledad es igual a ausencia, vacío y muerte. No hay esperanza ni siquiera cuando el poeta duerme ya que tanto en estado de vigilia como durante el sueño, la tristeza la resulta insoportable y atroz. Por otro lado, la solución para aliviar su angustia tampoco la encuentra saliendo de su introversión, de la cáscara en la que él mismo se encierra, para mirar hacia fuera ya que lo que
le muestra día a día el mundo que nos rodea no le resulta tampoco demasiado estimulante o alentador.
Joseph B Macgregor
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