Joseph B. Macgregor (Registrado)
Estoy seguro de que
Lewis Carroll,
Franz Kafka y
Luis Buñuel habrían disfrutado
muchísimo – tal y como lo he hecho yo – con "Al otro lado", novela de la
cubana
Yanitzia Canetti. El primero habría reconocido de inmediato en Juana
a una Alicia adulta que se busca a sí misma
a través del espejo. Ambas avanzan por
un mundo absurdo que parece sustentado en sus propias fantasías; un universo cambiante,
hiperrealista, sin normas y en el cual les resulta muy complicado hacerse entender
pero también madurar y crecer. Justo cuando todo este frágil escenario se desmorona
es cuando Juana encontrará a la mujer que hay al otro lado de sí misma.
Kafka en cambio habría pensando en ella como la
hija bastarda de
K., ese pobre sujeto procesado por un crimen que desconoce
y que no ha cometido. Juana también es llevada a juicio y no
sabe por qué, de qué se le acusa, cuál ha sido su crimen o su pecado y es obligada
a firmar una declaración sin pies ni cabeza. De igual modo, vivirá una surreal experiencia
durante su estancia en prisión. Ambos personajes (Juana y K.) comparten idéntica
obsesión por la culpa y la culpabilidad que sienten será el motor
que impulse (o paralice) todos sus actos pero que a la vez dotará de sentido a toda
su peripecia. En lo que se diferencian es en que la novela de
Yanitzia Canetti es optimista y positiva
con respecto a su personaje y la de
Kafka más bien todo lo contrario.
Tengo la completa seguridad también de que Buñuel hubiera llevado enseguida esta
novela al cine por su descarnado surrealismo, presente no sólo en las diferentes
historias que Juana va contando / confesando al sacerdote sino también esa iglesia
que funciona como un organismo vivo, esa colección de santos y vírgenes en perpetua
complicidad con la protagonista, el tenebroso barroquismo del interior del templo,
las siniestras beatas que acuden diariamente a rezar o a
escuchar misa… es decir en escenarios, paisajes, personajes secundarios y en la
propia atmósfera - a veces malsana, otras inquietante, en ocasiones irrespirable
- que trasmite la narración. Escenas como las que protagoniza Juana a los pies del
Cristo Crucificado, provocadoramente blasfema e iconoclasta, o en la ésta contempla
las ruinas del templo acompañada de una anciana y una niña parecen extraídas de
cualquiera de la película del genio de Calanda (Simón del Desierto, Viridiana…).
A lo largo de la novela, se nos presenta además un escenario aparentemente real
que gradualmente va adquiriendo matices oníricos más propios de una pesadilla alegórica,
de una fantasía que se retroalimenta a sí misma a través de las
confesiones autobiográficas (que presiento
presumiblemente falsas) de la protagonista al que
Buñuel habría sabido sacarle mucho partido
ya que todos estos elementos se integrarían a la perfección con el mundo personal
del genial cineasta.
Hay también mucho sentido del humor, ternura, locura, pasión, sexo, absurdo y nonsense
aunque básicamente en aquellas historias en las que Juana cuenta sus romances
o sus experiencias sentimentales a cual más surrealista.
Un último aspecto que sí que me gustaría destacar para concluir mi reseña habla
sobre la dificultad de ser barroco sin fracasar en el intento. Considero que es
muy difícil serlo con eficacia y brillantez. No todo el mundo es capaz de adjetivar
bien (es decir, acompañar cada sustantivo con el adjetivo más adecuado y no con
el más rimbombante), sin abusar de las construcciones demasiado enrevesadas o retóricas,
sin acumular descripciones que finalmente cansan al lector, sin que todo quede demasiado
denso, sin agilidad, trasmitiendo la sensación de una narración que avanza a trompicones
(si es que avanza…), sin resultar pedante, pretencioso, sin que el producto final
de la impresión de estar condimentado con demasiado aderezo.
Yanitzia Canetti sabe hacer todas esas cosas muy bien, de modo excelente.
Su barroquismo resulta siempre estimulante, motivado y sobre todo muy hermoso, un
regalo para los sentidos. Esto se evidencia en un texto construido con sumo esmero
y delicadeza, en el que parece que se ha cuidado escrupulosamente cada palabra,
cada párrafo revelando así la férrea solidez de una arquitectura narrativa que no
es mera apariencia. Su interior no está hueco o vacío sino que revela una profundo
canto a la vida, una llamada a gozar nuestra existencia sin autocensuras, sin imponernos
a nosotros mismos molestos o incómodos tabúes, disfrutándola sin limitaciones.
Quizá el sentido final que
Yanitzia haya querido a su novela no
sea tan universal sino que más bien esa llamada va dirigida a la mujer como una
forma de animarla a despertar de su letargo y a romper con aquellas limitaciones
que a veces se autoimponen y que les impiden ser ellas mismas, iniciando así el
camino hacia su propia auto independencia. Sin embargo, estoy convencido de que
estas llamadas de atención resultarán también de enorme utilidad para cualquier
persona. Sólo afrontando nuestra propia realidad, lo que somos y quienes somos,
conseguiremos reconciliarnos primero con nosotros mismos y después con los demás,
primer paso para apurar la vida al máximo.
Joseph B Macgregor
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