Joseph B Macgregor (Registrado)
Existen desde mi punto de vista (y supongo que también para mucha gente) dos clases de poetas. En primer lugar, tenemos a los que conciben un poema como un arquitectura
a la cual hay que dotar de vida, humanidad, sentimientos; poesía de los cinco sentidos la llamo yo donde lo importante es trasmitir sensaciones. Nacida desde el interior creador puede optar por la introversión, lo surreal y lo onírico, lo metáforico, lo simbólico o lo costumbrista, pero cualquiera que sea la opción elegida, el poeta siempre habla de él, de su relación consigo mismo o con lo que le rodea. Estos son los que prefiero leer.
Hay otros que estructuran sus poemas como una fórmula matemática en la cual también es importante la arquitectura pero ésta se convierte en un fin en sí misma, bien para romperla y construir otra nueva o diferente o bien para tratar de repetirla una y otra vez con variantes, mostrando diversas o variadas versiones de un mismo esquema. Los sentimientos están de más e intentan apelar más a la reflexión del lector o bien buscan el impacto súbito, la explosión poética, el fuego de artificio (en algunas ocasiones), pero lo que prima es el juego construcción/reconstrucción. Este tipo de poetas me interesan pero no me motivan demasiado.
Sin embargo, a esta división más o menos tradicional vendría a añadirse una nueva estirpe de poetas que, aunque podrían integrarse perfectamente en el grupo de los “poetas matemáticos”, poseen una serie de características propias que conforman una nueva forma de concebir el acto poético.
Hasta hace muy poco, la poesía era una disciplina artística reservada básicamente para la gente de letras. Sin embargo, recientemente poemarios como “Carne de píxel” de
Agustín Fernández Mallo o “Química” de
Sofía Rhei vendrían a reivindicar la idea de que la gente de ciencia (matemáticos, químicos, físicos, etc.) también pueden hacer poesía. Estos “poetas científicos” defienden por ejemplo la belleza poética de El Tractatus Lógico-Philosophicus de Wittgenstein o encuentran los
símbolos del sistema periódico de elementos químicos un punto de partida para la creación de sus poemas. La poesía, por tanto, es concebida también como una estructura matemática pero tomando de ella también su lenguaje, sus fórmulas y algoritmos, sus teorías, etc.; no sólo como fuente de inspiración si no como recurso ornamental con el que dotar de belleza al poema. Dentro de este grupo, incluiríamos por derecho propio a Javier Moreno.
En “Acabado en diamante” los poemas aparecen en ocasiones como una suerte de problema matemático que el lector debe resolver o decodificar para acceder a él y disfrutarlo en toda su esencia. Las barreras entre prosa y poética se rompen, se saltan, se entremezclan dando lugar a poemas con clara vocación reflexiva, más cerca de la filosofía científica que a la poesía de los cinco sentidos a las que antes hice alusión. El poemario adopta por tanto los usos y maneras de un tratado matemático o científico-filosófico en el que se abordan cuestiones que tienen que ver sobre la dicotomía fantasía o idealismo y realidad en una sociedad en que la imagen o lo virtual adquiere cada vez más preponderancia, el uso del tiempo y su relatividad y otras cuestiones de amplio calado existencial.
En definitiva: poemas que nos invitan directamente a reflexionar sobre quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.
Joseph B Macgregor
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