Francisco Javier Illán Vivas (Registrado)
Una de las ideas principales de esta novela es que la mejor manera de luchar contra
el mal es practicar el bien y nada mejor que leer los datos biográficos del autor
para orientarse hacia lo que nos vamos a encontrar, lo que él mismo dice respecto
a que una de las características del sistema de valores o virtudes es que es sistémico
y armónico, es decir, que un solo valor no lo es, necesita a los demás.
Y con esas palabras ya nos ha presentado a una
serie de personajes que aparecerán en
la novela, basada en las cartas que escribió a su hija mayor cuando, con trece años,
se trasladó a Irlanda a estudiar inglés. Y es así, precisamente, como se inicia
la narración.
Otra profunda reflexión del texto, clasificado como infantil por la propia editorial
Toromítico, pero que debería entrar en otros campos de la educación, de la cultura
tradicional, que tiene como eje principal a la familia. Y, con esta palabra, también
se entenderá mucho del argumento de la novela: un hombre que quiere y no puede.
Esta es la historia de la Humanidad: deseos, intenciones, palabras grandilocuentes
y vacías... ¿Y luego? División, disensión, guerra, soberbia... Su destino está trazado:
el final de la utopía está próximo, la verdad del hombre pronto se impondrá. ¡No
más ensoñaciones!, palabras que exclama Eghon en uno de los momentos culminantes.
La novela es un alegato de la familia: la familia es el viniente-más, hay un algo
imperceptible pero real, un algo sagrado en ella que no se puede hallar en ningún
otro lugar... y con ese mensaje a lo largo de toda la narración nos trasladaremos
a un mundo fantástico, pero sencillo, que se nos presenta al principio, en el mapa
dibujado tras la portada, donde viven los vábienlors, personajes que están en el
ámbito interior de todo ser humano, habitado también por los bastiones y acechado
permanentemente por Vámalor, que amenaza con conquistar amplios espacios de Vábienlor.
Vámalor, en efecto, es el vacío, la ausencia de bien. Están también en el ámbito
interior del ser humano, y pugnan por degradar todo él y convertirlo en la morada
del mal.
Cuando inicié la lectura estuve tentado en varias ocasiones a dejarla, no sé, había
en ella algo que me atraía, pero no terminaba de entenderla. Pero llegó un momento
en que ya no pude dejar de leerla hasta el final, tal vez debí seguir desde el principio
la recomendación del propio autor: para que los niños nos abran su intimidad hay
que hacerles partícipes de la nuestra, y ahora me he encontrado con una
bellísima historia, bien narrada y vibrante, con momentos conmovedores como la lucha
en el icosaedro de Eghon, o cuando es colmado el Pozo de la Descomposición.
Es una novela que a nadie dejará indiferente.
Francisco Javier Illán Vivas
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