Jorge Borondo (Registrado)
Recuerdo la primera vez que vi “La parada de los monstruos” en televisión. Había leído que en su época (1932) había sido tan escandalosa que no llegaría a estrenarse en muchos países de Europa hasta mucho tiempo después, en los años sesenta. Se hablaba de desmayos e incluso de abortos durante la proyección. Y lo cierto es, obviando quizá leyendas urbanas más propias de un marketing retrospectivo, que incluso hoy que ya creemos haberlo visto todo y que ya nada puede afectarnos, nos sigue impactando. Seguimos atónitos ante la presencia de freaks y fenómenos de feria reales, como Prince Radian, conocido como el torso humano, un hombre sin brazos ni piernas que era capaz de encender un cigarrillo únicamente con su boca y su pericia. Cuando sabes que en la vida real llegó a tener varios hijos el asombro se transforma en admiración. ¿Y qué me dicen de Johnny Eck, un hombre al que la carencia de extremidades inferiores no le impedía moverse muy rápido con sus manos? O los entrañables pin-heads, con su cabecita de alfiler, que parecen niños pequeños y desprotegidos. O Koo Koo, la extraña mujer pájaro… Pero lo que más sorprendía era el realismo y la ausencia de condescendencia a la hora de presentarlos en pantalla. Los personajes de “Freaks” son deformes pero humanos, en el más amplio sentido de la palabra. Porque a diferencia de muchos films en los que se presenta a personajes con algún tipo de tara o carencia buscando la compasión del espectador, en “La parada de los monstruos”, los freaks de Browning amarán y odiarán, sentirán envidia o gratitud, bondad o crueldad, en función de lo que reciban. Y también podrán ser violentos, claro que sí, sobre todo a causa del rechazo o la burla de los considerados “normales”. Una película políticamente incorrecta por tanto como lo fue el propio Tod Browning. Por eso quizá sea este su film más emblemático. Quizá no el mejor, porque “The unknown” (Garras humanas) es más compleja y perturbadora si cabe, pese a su breve duración. Y tampoco es la más popular, porque ¿quién no conoce el famoso “Drácula” del inmortal Bela Lugosi? Pero Freaks define muy bien a un autor al que un accidente de tráfico y un carácter solitario (misántropo en sus últimos días) convirtió, en el fondo, en un marginado más, en uno más de la parada de los monstruos. Un director de cine que empezó en las ferias ambulantes y en los ambientes menos recomendables, de donde sacó gran parte de las ideas y personajes de sus films. En ese sentido, el libro de José Manuel Serrano Cueto consigue enlazar sin esfuerzo la biografía y filmografía de un director que a día de hoy sigue siendo poco conocido (en parte porque se han perdido cerca de cuarenta films, y los que se conservan no son fáciles de conseguir). Como muestra, indicar que en España se han editado tan sólo ¡cinco DVDS de Tod Browning!, uno de ellos insertado como material extra de la edición coleccionista de “La parada de los monstruos”. Teniendo en cuenta que de los cinco, dos son protagonizados por vampiros (reales o falsos), otro pertenece al género de terror fantástico y los otros dos están poblados por extravagantes engendros de feria, no es de extrañar que el gran público y parte de la crítica perezosa haya limitado a Browning al género de terror. Pero como demuestra el autor en el libro, su obra va mucho más allá del género de terror. En films como “Zara la mística”, “Los pantanos de Zanzíbar”, “La rosa del arroyo”, “El trío fantástico”, “Miracles for sale” o la propia “Garras humanas” realiza un estudio del carácter humano a través de diferentes géneros y situaciones en los que la ambigüedad moral (y sexual), el sentido de culpa, la doble o falsa identidad (sobre todo en los films de Lon Chaney) la desmitificación del ocultismo o la magia, el afán de venganza o la marginación social serán temas frecuentes. Son films complejos y de gran hondura psicológica cuyo prestigio, como indica Serrano Cueto, sólo parece adquirir a partir de la obra de los recientes historiadores norteamericanos David J. Skal y Elias Savada. Un prestigio que además no elude enumerar la influencia de Browning en autores tan importantes como Jodorowsky, David Cronenberg, John Waters o David Lynch ni dejar de resaltar las importantes analogías de su cine con el de gigantes como Buñuel, Fellini o Pasolini. La lástima es que un libro de estas características, tan repleto de información interesante y tan poco conocida, que además se lee de un tirón por su sencillez, su adecuado orden y su ritmo, no venga acompañado de un buen pack de films de Tod Browning. Porque el sentido completo de disfrute del mismo sería acompañar la lectura de un visionado de todos estos films fascinantes. Claro que, teniendo en cuenta que el autor en algunos casos ha tenido que verlos en versiones de la Europa del Este, lo cierto es que a uno se le quitan las ganas. En la parte final del libro se incluyen las fichas de todas las películas filmadas por Tod Browning (las conservadas y las perdidas), incluso aquellos proyectos que no llegaron a buen puerto o que fueron realizados por otros directores. Una de las más curiosas es “El jorobado de Notre Dame”, protagonizado por su actor-fetiche Lon Chaney, que terminó dirigiendo Wallace Worsley. En definitiva se trata de un libro imprescindible para cinéfilos y muy interesante para curiosos interesados en el cine en general. Porque además contiene una de las mejores cualidades que un texto puede tener: la de aumentar el interés del tema del que trata. En este caso, no sólo, obviamente por la obra fílmica de Browning, sino también, por qué no, por una biografía que se supone tan apasionante como sus películas. Jorge Borondo
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