Patricia Rubiera (Registrado)
Tercer título de los libros que tienen como protagonista a la arqueóloga Sarah Kincaid, en la que descubrirá que en su pasado hay más oscuridad de la que imagina.
Con un argumento muy atractivo “Las puertas del infierno” nos adentra en la sociedad victoriana, el problema es que todo lo que leemos tiene ecos de otras novelas de similares características y con protagonistas mucho más elaborados y creíbles, hasta el punto de poder afirmar que nos encontramos ante un cruce de Sherlock Holmes y Aloysius Pendergast, el detective creado por Douglas Preston y Lincoln Child, dando como resultado una novela menor en comparación pero que se desarrolla con gran corrección. Mezclando con cierta habilidad hechos históricos con supersticiones legendarias, Peinkofer recrea una sociedad victoriana que pese a su encorsetamiento esconde el gusto por lo sobrenatural, en la que un puñado de mujeres atrevidas –y adineradas- comienzan a mantener roles que eran más propias de los varones. Sin embargo nuestra protagonista tiene una serie de matices que la sitúan a medio camino entre la intrépida aventurera y la damisela en apuros. Sarah Kincaid se ve envuelta en una búsqueda disparatada, es decidida a la hora de embarcarse en un periplo que la lleva a adentrarse a las puertas mismas del reino de Hades pero, por el camino, sufre toda suerte de calamidades de las que sale victoriosa no por méritos propios, siempre es el hombre la que la rescata de los peligros. Es esta ambigüedad la que hace que no nos encontremos ante la heroína necesaria para este tipo de historias, hecho que se refuerza ante las notas personales que Sarah incluye en su diario de viaje, de un romanticismo propio de la época, pero que no favorece en nada al desarrollo de la trama que estamos viviendo. Esto se convierte en el mayor lastre de la historia porque el resto de campos están muy bien concebidos. La atmósfera creada durante la estancia en el Barrio Judío de Praga está conseguida y bien descrita, logrando que la historia sobre el Golem nos parezca susurrada a nuestros oídos y que nos den ganas de salir de esa zona inmediatamente. Lo mismo podemos decir de la laguna Estigia, en la que el descenso a los infiernos está narrado con cierta veracidad y nos hace creer en la posibilidad de que tal puerta exista realmente. El encuentro con seres mitológicos no se nos hace extraño, encaja estupendamente en el conjunto tenebroso que el escritor ha diseñado y se maneja bien a la hora de describir su ferocidad con tan solo un diálogo. Lo mismo se puede aplicar a los pasajes de acción, tienen la extensión justa para transmitir la tensión necesaria al lector y carecen de elementos en exceso fantásticos que nos hagan salir del periodo en el que se desarrollan los sucesos. La oscura Hermandad que rige los movimientos de la protagonista es toda una galería de personajes malvados que captan nuestra atención cada vez que aparecen, sus esporádicas intervenciones están tan cargadas de misterio, maldad y secretismo que no nos cansamos de ver sus fechorías. El lenguaje es el adecuado para los personajes y el tiempo que les ha tocado vivir, haciéndose diferencias notables en ello según estemos en una región de Europa u otra, y no hayamos expresiones demasiado anticuadas, aunque sí leves guiños para remarcarnos el carácter de la persona. La novela se lee con gusto, por lo atractivo de la trama y por la agilidad con la que se narra, sin descripciones aburridas, se limita a breves apuntes, directos y concisos que son insertados en el momento y el ambiente adecuado, y el misterio está presente casi desde las primeras páginas. Con todo esto nos podríamos encontrar ante una gran novela de suspense victoriana, pero el hecho no definir a la protagonista en una posición más firme enturbian un poco el resultado final, al carecer de la fuerza necesaria para expresar toda la rabia que Sarah lleva en su interior. “Las puertas del infierno” es una novela correcta y sugerente pero que se anda con demasiadas medias tintas por culpa de su protagonista, como si a Sherlock Holmes le faltara su Watson. Patricia Rubiera
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