Patricia Esteban Erlés (Registrado)
Lo malo que tienen los cuentos de Sergi Pàmies es que sólo se le ocurren a él. Y es que parece fácil, en teoría, construir un relato que hable, pongamos por caso, de internet, de un chat donde alguien conoce a alguien con el que termina quedando al cabo de unos días y a quien decepciona en directo. Pero los demás quizás nos quedaríamos allí, no seríamos capaces de imaginar qué puede pasar si ese alguien desconocido que apenas deja de serlo durante un café apresurado, resulta ser el sujeto que el personaje ve reflejado todos los días en el espejo, al afeitarse. Muchos podríamos contar, seguramente, la historia de amor y odio que vivimos con una obra literaria conocida, con uno de esos libros míticos que parecen encantarle a todo el mundo, menos a nosotros, aunque no nos atrevamos a confesar en voz alta que retornamos a su lectura una y otra vez a lo largo de los años, con la esperanza de estar, ahora ya sí, preparados para disfrutarla, sin acabar de conseguirlo nunca. Pero otra cosa es convertir esa frustración del lector recalcitrante en una taxonomía doctísima de los pocos mitos que el hombre moderno ha sido capaz de crear, tal vez, simplemente para sentir que pertenece a alguno de los tres subgrupos o categorías resultantes: los principitos, las alicias y los peter panes. Y qué sencillo parece escribir sobre una corbata roja, la corbata del padre, pero qué difícil es lograr que ese trozo de tela tan antipático, vinculado para siempre a los entierros y las citas de negocios, a la incomodidad impuesta a la vida del hombre medio, se transforme en toda una lección de amor.
No, no resulta complicado inventar una historia acerca de un divorcio, un pequeño naufragio doméstico al alcance de todos. Basta con fijarse en el señor taciturno y desorientado que viene a vivir al apartamento de enfrente para poder documentarse con rigor. Pero a ver quién es el guapo que a partir de este accidente emocional tan manido dibuja el mapa de un paraíso de libertad y comunicación entre un divorciado y sus dos hijos en las paredes del sórdido piso de alquiler, situado, para más inri, junto a un matadero. Pues Pámies. Sólo Pámies. Junto a esa lucidez que le permite avistar las posibilidades inéditas de cada historia, quisiera destacar otra de las virtudes del libro: la experimentación lúdica con la que el autor se enfrenta a la propia construcción del cuento. Pàmies no renuncia al relato lineal, pero en muchos casos juega con diferentes tipologías y así nos ofrece un cuento envuelto en un molde de receta, para contar la historia de amor entre dos gordos en Lo que no hemos comido, o una estampa que evoca una película de Fellini, la conmovedora Las noches de Cabiria, muy relacionada con la concepción del protagonista en Cuatro noches, o una fábula moderna acerca de la crisis matrimonial en Un año de perro equivale a siete años de persona, e incluso una casi poética acerca del cuento en Unplugged, etc. Una experimentación que no se queda solo en eso, en mero juego formal, y que le permite abordar sin estrellarse, con toda naturalidad y eficacia, algunas grandes obsesiones del ser humano como la paternidad (tema estrella, presente en muchos de los cuentos), el amor y sus encrucijadas, la vejez, la muerte o la literatura.
Patricia Esteban Erlés
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