Ariodante (Registrado)
Se trata de la reedición de uno de los más clásicos y conocidos tratados de arte
españoles, el elaborado por el también pintor, investigador, erudito y suegro de
uno de nuestros insignes pintores:
Diego de Velázquez.
La presente edición consta de una ilustradísima y aclaratoria introducción, con
una bibliografía completísima, a cargo de B. Bassegoda, y un prólogo del propio
Francisco Pacheco, donde nos introduce a su vez en el tratado que
va a desarrollar el análisis y estudio pormenorizado del arte pictórico.
Se divide, respetando la división de Pacheco, en tres partes y una suerte de epílogo.
La primera se titula: La pintura, su antigüedad y grandezas; la segunda:
La pintura, su teórica y partes de que se compone; y la tercera: De su
prática y modos de ejercitarla (sic). El epílogo se titula Adiciones a algunas
imágines (sic), en donde se analizan, a lo largo de doscientas páginas,
una serie de cuadros, ampliamente ilustrado con reproducciones de pinturas y grabados.
Esta es una obra completísima y muy documentada, altamente interesante para los
pintores y los historiadores del arte, así como para el estudioso de la historia
en general.
Pacheco, según nos cuentan los editores, apenas publicó sus múltiples escritos en
vida, aunque escribió mucho. Sus obras capitales:
Arte de la Pintura
y el Libro de Retratos
quedaron inéditas y fueron publicadas posteriormente a su muerte, en 1649, sin que
sepamos gran cosa de quién fue el responsable de la edición. El ambiente intelectual
y político en que se movió en Sevilla, los veinte primeros años del siglo XVII,
es la rivalidad entre la Casa de Alcalá y un joven Conde-Duque de Olivares, mientras
fue alcaide del Alcázar. El tratado que nos ocupa se escribió en los años 30, cuando
ya había abandonado su enseñanza en la Academia, y su etapa pictórica había pasado
a mejor vida, apagada por el éxito innegable y ascendente de Velázquez.
A la vuelta a Sevilla, después de intentos fracasados de establecerse en Madrid,
a la sombra de su yerno, es cuando se dedica a su labor de erudito e investigador
del arte pictórico, así como su defensa frente al
escultórico. Como crítico Pacheco es
muy ecléctico, y se basa en
muchos otros autores italianos, como
Vasari, ya que además muchas de las obras italianas o flamencas que cita no las
conoció más que por reproducciones, grabados, o citas ajenas. Ahora bien, respecto
al tema del acabado, es una roca. Cree en la superioridad del dibujo sobre el colorido,
y por tanto, su crítica va más hacia la escuela veneciana, Tintoretto, Tiziano,
y, por supuesto, El Greco, al que no puede tolerar esa imprecisión
de las figuras y esos colores tan brillantes. En la entrevista que ambos mantuvieron
en Toledo, en 1611, al parecer surgieron chispas como de un pedernal. Las opiniones
de Doménico Theotocópulos generaron una terrible reacción en Pacheco. Pacheco habla
de la pintura del Greco como un “género particular de borrones” (pág 415).
Desde hacía muchos años llevaba recopilando datos en relación a sus diversas facetas,
literarias y pictóricas. Y en esos años concentra su atención en revivir todos esos
recuerdos y rodearse de pintores y escritores virtuales, que le acompañen en su
soledad real. Aunque su formación humanística es mediocre, tenía los suficientes
conocimientos de latín como para leer y traducir. Sin embargo, comparado con otros
pintores, estaba muy por encima de la media en este aspecto. Y comparado con los
literatos, que desconocían el mundo pictórico, también se halla muy superior a ellos.
Así pues, la combinación entre sus conocimientos técnicos pictóricos y sus aficiones
literarias, el poso dejado en él por sus tertulias sevillanas, y sus clases en la
Academia, dan como resultado esta obra única, imprescindible para el conocimiento
del arte pictórico español y de la época.
Ariodante, mayo 2009
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