Francisco Javier Illán Vivas (Registrado)
Siempre tengo delante de mi escritorio un bloc de gusanillo, tamaño cercano al A4,
unas veces la página me mira, pintarrajeada, otras manchada con el borrador de un
poema, otra con ideas surgidas mientras mi inquieta cabeza piensa ajena a lo que
hacen mis manos, y otras, como hoy, me mira blanca, inmaculada, una de las miradas
más aterradoras que puede contemplar cualquier escritor o, como puede ser mi caso
en este momento, articulista.
La pantalla del ordenador me mira en blanco, enmarcada en azul, los colores del
word de windows, a quien siempre habrá que agradecer la enorme ayuda que el procesador
de textos significó para los escritores. ¡Cuántas horas de trabajo que nos ahorraron!
Y, os aseguro, cuanto menos miedo da la pantalla en blanco. Podemos arrojarnos sobre
ella a escribir sin temor, lo que se nos ocurra, que ya habrá tiempo de rectificar,
anular, cambiar, modificar, sin volver a reescribir todos los folios... Y ello me
trae a Estirpe salvaje, un libro que
hace unas fechas terminé de leer y dejé a mi izquierda, sobre la mesa. Deseaba que
los personajes, sobre todo Yvanka, me miraran cada vez que me sentase frente al
ordenador. Su perseverancia empuñando la espada me iba descubriendo cada día nuevas
cosas de ella, de su hermano Ruslan, de cuanto sufrieron al quedar prontamente huérfanos
y ser rechazados por sus familiares, creciendo en un mundo hostil, tanto para un
chico como, y sobre todo, para una mujer. Me fue contando retazos de su crecimiento,
de la lucha de su hermano por abrirse paso en el ejército (hoy en día hubiese sido
en cualquier oficina de cualquier gigantesco edificio de cualquier ciudad superpoblada).
¡Qué bellos son los sueños de juventud! Recuerdo ahora mismo unas frases de Rodríguez
Marchante, en el sentido de que no “pasaron ni dos milésimas de segundo entre que
se inventó el cine y se apoderó de él la fantasía, que es un espejismo sin sed,
una erupción vistosa en la piel hastiada de la realidad, otro modo de respirar y
oxigenarse”, y esa fantasía vive sobre todo en la literatura juvenil, donde
el autor, y el lector, se sienten jubilosamente libres, como apuntaba
Fernando Marías. Así creo que se tuvo
que sentir
Montse de Paz dando vida al reino de Slavamir y a sus
personajes, entre ellos los dos
hermanos que os he citado. Así me sentí yo mientras leía en voz alta (como aquel
abuelo de La princesa prometida) este bonito cuento
de supervivencia, lealtad y heroísmo, a mi sobrino. ¿Sabéis por qué? Por que mientras
duró la lectura de
Estirpe salvaje, me
olvidé del cambio climático, de los desastres ecológicos que se avecinan, de la
crisis económica, del impuesto sobre la renta, de la hipoteca, de... y me sentí
como si volviese a tener quince años.
Ese es el milagro de recorrer las tierras de Slavamir con las tropas del rey Vladi,
bajo las órdenes de Radomir, junto a Ladislav, Glinka, pasear junto a Elsa, y a
Olga, enamorarse por primera vez, soñar en convertirnos en grandes caballeros o
en sobrevivir en un mundo de hombres hostil hacia las mujeres.
Aunque, a Montse no se le olvida enviarnos algunos mensajes que, como éste: “dice
que no le gusta ir con las putas porque, si lo hiciera, no podría recordar con dignidad
a su madre ni mirar a la cara a su hermana” (p. 278), cuya cita sólo pretendo
sea un ejemplo, de ese respeto que los protagonistas tienen a su educación y a los
valores humanos, en tiempos como los nuestros, tan difíciles y tan faltos de ellos.
Estirpe salvaje forma parte del apartado de mi biblioteca
que llamo “Veinte mil leguas de lecturas para soñar”.
Francisco Javier Illán Vivas
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