Héctor Pascual (Registrado)
Gustavo Martín Garzo
es muy buen escritor. Eso es más que evidente al bucear en la prosa semidesnuda y al mismo tiempo tan rica de matices que emplea en El pequeño heredero; una prosa con repuntes de lirismo, que huye de los tópicos y que se mantiene cristalina y muscular a lo largo de trescientas y pico páginas de novela. También son evidentes sus dotes para la creación de personajes vivos y profundos, con modos distintos de percibir la realidad y relacionarse con su medio, o sus descripciones del árido paisaje rural, sencillas pero certeras, donde transcurre la novela. Martín Garzo es un escritor de oficio, que domina perfectamente los ritmos, el claroscuro y las gradaciones. Eso está claro. Sin embargo su sensibilidad (y, por favor, que no se entienda por esto sensiblería) ha hecho que me costara mucho entrar en la historia y en el universo narrativo que plantea en El pequeño heredero. Y no porque la novela sea densa o aburrida, que no lo es, sino porque el mundo al que Martín Garzo da vida en sus páginas es un mundo que hoy en día (y me temo que ya también lo era en 1997, cuando se publicó la novela) sólo puede resultar anticuado en el mejor de los casos. Se trata de un mundo rural e interior, con una deuda evidente a Delibes, un mundo en el que sus personajes vehiculan pasiones y sentimientos que son claramente universales pero que, al venir engastados en una estética tan “no de hoy”, pierden parte de su resonancia y su amplitud; un mundo de mujeres chismorreando mientras lavan sábanas en el río, de hornos de pan, niños y bicicletas, barras de hielo para preservar el pescado, y campos extensos y dureza y soledad, un mundo que ha sido retratado de infinitas formas e infinitas veces en nuestra literatura. La mirada de Martín Garzo sobre este mundo aporta a veces, aunque raramente, una nota de originalidad. Por ejemplo Martín Garzo desactiva la potencial sensiblería de sus personajes a través de la crueldad (pienso, por ejemplo, en la escena en la que Reme asusta a Ismael hasta que este vomita todas las almendras garrapiñadas que se ha comido). No me cabe duda de que muchos lectores disfrutarán sobradamente de esta novela, porque es una novela de buena factura y pocas demandas. Sin embargo, aquellos que vayan buscando una aportación puntera a nuestra literatura o una visión acorde con los tiempos en los que vivimos tendrán que buscar en otro sitio. Héctor Pascual
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