
El científico Iago Milar, jefe de una sección de investigación farmacológica en una empresa de élite y con dos personas a su cargo, ve cómo Manuel, uno de los investigadores e informático muy competente, muere de repente. Todo apunta a una sobredosis y, ahí, el aspecto descuidado del joven y su apariencia poco ortodoxa apuntan de lleno hacia eso… La policía da el tema por cerrado, pero… El mismo Iago, un hombre felizmente casado y con una hija, ve incongruencias en la dirección de su empresa, porque lo que Manuel descubrió informáticamente era un bombazo que, sin embargo, a sus superiores no les llamó la atención, como tampoco lo hizo la muerte por supuesta sobredosis de su informático, cuando Iago sabía perfectamente que eso no era posible… Buscando respuestas, el investigador regresa subrepticiamente a su oficina para registrar la mesa de su compañero muerto y ahí encuentra algo insólito, a lo que no da importancia, pero que resultará determinante: Una invitación para acudir a Copenhague a una exposición de “miniaturas”.
Por otra parte, Daniel Biasi, un americano que vivió en Roma una bonita historia de amor hasta que Gemma lo dejó de repente y sin explicaciones, recibe la carta de unos abogados porque la mujer ha muerto y lo ha hecho depositario de algunas cosas, entre ellas otra invitación a esa exposición de Copenhague…
Iago y Daniel, sin conocerse previamente, verán cómo sus destinos se juntan mientras ambos son perseguidos por una joven sicaria que tiene que matarlos, sin que ninguno de los dos entienda de qué va todo el tema y por qué están en el punto de mira de una organización criminal. Lo que está claro es que esa exposición de miniaturas es sólo un nombre que encubre algo más y demasiado terrible.
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